Fuentealba.

El asesinato del militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra ocurrida ayer, 20/10/10, en Capital Federal, hizo que recordase otra muerte, ocurrida en Neuquén el 4/4/07. Posteo la nota que escribí en aquella oportunidad como un recordatorio al maestro asesinado; muchas de las preguntas allí planteadas son pertinentes para el trágico caso de hoy. Ch.-

Fuentealba: crónica de dos muertes.

El gobernador neuquino dirá: Es una ruta por la que circulan valiosas mercaderías. Nuestro gas, nuestro petróleo se van por allí. Por eso los maestros cortaron el camino. Saben de su importancia. No puede interrumpirse el tránsito, supone pérdidas millonarias para esas empresas y otros empresarios. Por eso, dirá, dio la orden de “evitar el corte”.

Los líderes de sindicatos y gremios docentes, las bases y los dirigentes de primer y segundo orden, entienden la lógica del poder. Ningún candidato querrá abrir un conflicto en este momento del calendario electoral. Existirán mayores probabilidades de triunfar en los reclamos.

El reclamo salarial se lleva adelante con la metodología del piquete. No se trata de un movimiento de desocupados que pide planes sociales o mejoras en sus condiciones de vida o libertad para los presos políticos o justicia para los caídos de la protesta social. La descalificación no los alcanza, la demonización tampoco. Todavía. Son maestros de guardapolvo blanco.

En épocas de autismo e insensibilidad social, el corte de rutas resultó una herramienta válida para que la atención de la sociedad y sus gobernantes estuviese allí. De un hecho aislado, de un conflicto local en una pequeña ciudad de provincias, un corte de rutas nacionalizaba el reclamo y sacudía la indiferencia de gobernantes y gobernados.

Cutral Có – otra vez, Neuquen - inauguraba una metodología, así como también la serie represiva. A mediados de la década del noventa, en plena Patagonia, un pueblo condenado, privatizado, sin futuro: YPF desguasada y entregada, llave en mano. Piqueteros y represión. Su primera víctima, Teresa Rodríguez. 

Tenemos un muerto. Fuentealba ha muerto. Ningún gobernante o político querrá quedar pegado a esa muerte. Comienza el tironeo desde los distintos sectores sobre el caudal simbólico del muerto. Esa pasión tan argentina por la necrofilia.

¿Y la sociedad?

Fuentealba ha nacido otra vez luego de su muerte. Su vida anterior es tan cierta como su muerte.  Ambas han ocurrido. Pero ahora, hoy, nace un nuevo Fuentealba. Y será su nueva vida una vida efímera. Porque cada  vez se muere más pronto de esa otra muerte.

¿La sociedad lo mata?

¿Qué será de Fuentealba hoy? ¿Será mártir o acaso héroe? ¿Pondrán su nombre a una plaza? ¿A un movimiento? Todo ello directamente proporcional al tiempo que Fuentealba tarde en morir su segunda muerte.

En las multitudinarias marchas de repudio podía escucharse el “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. El fin de semana siguiente hubo superclásico.

El conflicto docente y la muerte de Fuentealba abren el interrogante acerca de nosotros y la crisis. ¿No será que las condiciones que hicieron estallar el país en diciembre del 2001 todavía están ahí? Se trata de otro país. Pero se trató de una crisis política, social, económica, cultural. ¿Es posible que una coyuntura económica sea suficiente para conjurar la siguiente? ¿Es cuestión de abandonar al sujeto social que emerge sin Fuentealba?

Como por arte de magia la nación no transita el camino de la desintegración, nadie habla de guerra civil, de dolarización, de la tercerización del cobro de impuestos, de la desnutrición, etc.

Un muerto, cien, doscientos. Es una cuestión cuantitativa, de número. No es lo mismo, se me dirá. Por supuesto. Pero una vida es una vida. Cromañón y Fuentealba no significan cosas distintas. Es lo mismo.

Pero observémonos, ¿qué ha cambiado luego de Cromañón? Cromañón no fue el resultado de un modo de vida, de la idiosincrasia de una sociedad, se dijo. Fue producto de la ineficiencia de un grupo de funcionarios, la corrupción y la ambición desmedida de un empresario. La sociedad buscó un responsable, un hombre que pudiera exculparla y lanzó tras él sus iras. Vuelvo con la pregunta ¿qué cambió luego de Cromañón, con la destitución del intendente de Capital Federal?

El gobierno ha comparado la muerte de Fuentealba con los asesinatos de Maximiliano Kostecki y de Darío Santillán. Dijo: Fue fusilado. Al igual que los piqueteros. Dos muertes que apresuraron la salida del presidente provisional.

La misma sociedad que observó al comisario Franchiotti junto al cuerpo agonizante de Maximiliano Kostecki, itaka en mano, hoy observa el tape de un policía que hace estallar una granada de humo en el automóvil conducido por el maestro Fuentealba. Decimos, otra vez, Nunca Más.

Los medios dicen: Fuentealba, el conflicto docente, cambiarán el escenario electoral. ¿Por qué cada vez que se menciona a Fuentealba nos hablan de elecciones? ¿Quién nos informa? ¿Es que los medios están fuera de la lógica del poder? ¿Por qué insisten con las elecciones?

Derroquemos a Kirchner ahora. Fagocitémoslo. O a Sobisch, de quien dicen ya, ese muerto político. Para que nada cambie.

Las responsabilidades se derivarán sucesivamente hasta culminar en el Franchiotti de turno.

Ciertas conductas se han naturalizado. Al igual que ciertas respuestas.

Las palabras de Sobisch flotan aún en el aire con cierto enrarecido tinte siniestro: el gas, el petróleo circulan por esos caminos. Escuelas desiertas, asesinados, fábricas vaciadas, multinacionales, trabajo en negro, villas miseria, paco, violaciones, suicidios, televisores de plasma, elecciones...

¿Cuánto tardará Fuentealba en morir su muerte última?

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