Murió Néstor Kirchner. Evita Vive.

La noticia sobre la muerte de Néstor Kirchner me tomó por sorpresa. Eran las 11 de la mañana. Cinco minutos antes mi novia había bajado para habérselas con el censista. La noche anterior nos habíamos quedado completando la planilla así que sería un trámite rápido. Desde las ocho que andábamos dando vueltas pero, contra la costumbre, no habíamos encendido la radio y aprovechábamos el asueto para remolonear. Fue Martín, un amigo, quien me puso en guardia. Lo hizo a través de un mensaje de texto, a mi celular: “A emborracharse, amigo, todos con Cristina”. Nada más. No era claro en sus palabras pero hace años que lo conozco y fue por eso que intuí que estaba dando por sobreentendido algo que, a esa altura de la mañana, debería ya saber. Al contrario de lo que ocurre con Martín, yo no era peronista ni provenía de una familia peronista. Sin embargo, podíamos entendernos en esa zona bien precisa que ha sabido sortear el fárrago de operaciones mediáticas destituyentes de un gobierno elegido por el voto popular. Mientras le respondía entonces, encendí la radio. ”Por las dudas: Sí, aguante Cristina y si no alcanza Viva Perón también.” Mi amigo, por supuesto, entendería. En la radio no tuve que esperar mucho. “Néstor Kirchner ha muerto”. ¿Cómo describir lo que sentí? (Todavía ahora, mientras escribo estas palabras, la piel amenaza con sublevarse). Los dirigentes llamaban unos detrás de otros. A pesar de mi incredulidad hablaban de un hecho consumado. ¡Ni siquiera la posibilidad de la duda! Martín llamó para enterarme. Había salido a recibir al censista y hablaba con él cuando su mujer se asomó a la ventana y le transmitió lo que decían por la radio. “Néstor Kirchner ha muerto”. Hablábamos, entonces, de lo difícil que se nos hacía asimilar la muerte. Murió, decía él. Sí, murió, decía yo. Y lo repetíamos como para convencernos. Por fin, antes de cortar, Martín me largó una de esas frases que suele largarme: “Es la vieja puta y fría que nos tumba sin avisar”. (¿Eran suyas esas frases o las robaba? ¿Las improvisaba o las guardaba en una lista?) Mi novia regresó de la entrevista. “Murió Néstor Kirchner”, le dije. Todo en su cara se transformó. “¡No! ¡Me estás jodiendo!?” Como decía, es difícil asimilar una noticia semejante. Nos conectamos a internet. Ojeamos los diarios de acá y de allá, los anti y los pro. Casi vomitamos con la nota de Rosendo Fraga. Miserable. Estábamos ávidos. Queríamos saberlo todo. En los hechos, las versiones coincidían en lo mínimo: el matrimonio participaba de una reunión en su residencia de El Calafate; en el encuentro, Kirchner se habría descompensado y, tal vez ya sin vida, habría sido trasladado de urgencia al hospital del pueblo. Traté de imaginar la escena: las corridas, el nerviosismo, la impotencia de los que se saben inútiles para esos trances y a una Cristina que, acercándose al cuerpo del ex presidente habría dicho palabras tales como “No te vayas a ir ahora” “Te necesito” “No te mueras, Néstor”. La imaginación vuela con la misma velocidad con que la muerte nos desampara. Los diarios on line tardaban en actualizar las noticias y, por un instante, imaginé a los periodistas, a pesar del asueto, corriendo hacia las redacciones vacías o escribiendo notas desde sus casas. Recordé, quizá por su proximidad, el entierro de Alfonsín y eso que alguien describió como una “pasión” de los argentinos. Perón, Dolor, Kirchner, Esa Mujer, Dolor, Evita Vive…  Hoy, 26 de julio de 1952, Todos con Cristina.

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