En la multitud. (2)

Camioneros.

El sol está alto y la multitud se revuelve en la Plaza. Camioneros copa el centro y despliega su bandera. Dos filas de forzudos, ubicados a uno y otro lado, tiran del trapo con todas sus fuerzas para evitar que toque  el suelo. Buena parte de ellos está en cuero:  la panza peluda y gorda al aire, la piel tatuada. El esfuerzo los hace transpirar a mares.  El viento trae el vaho amargo y ácido mezclado con el humo de los chorizos cocinándose frente al Cabildo. Un vendedor ambulante pasa con una bandeja de vasos de plástico sobre su cabeza. Me hace reír cuando promociona “fresquito el Fernet”.
En la pirámide de Mayo los pibes de la JP o La Cámpora han colgado el estandarte de Néstor vestido con el traje del Eternauta. Me gusta. Justo detrás está Camioneros. Los miro hacer a dos pasos, sobre mi derecha. Pienso dos veces antes de apuntar con la cámara y gatillar. Y, hasta que tomo confianza, nunca de frente no vaya a ser que se me ofendan los muchachos. Para el caso fatal barajo excusas en la mente, alguna mentira piadosa para salir del trance. Aunque estoy casi seguro que, en caso de problemas, ninguna vendrá en mi ayuda.
Se los identifica con facilidad. Todos llevan algún distintivo. Remera, gorra, chaleco, camisa… Aquel lleva al frente un vistoso escudo justicialista, este una consigna “Moyano conducción”, otro la leyenda “sindicato de camioneros” o, simplemente “Camioneros”. Mi abuelo era camionero. Ahí reunidos están diciendo, gritando, que bancan a Cristina. ¡Qué bueno! pienso. Yo también. ¿Eso en qué nos convierte?
Poco después, los muchachos enrollan la bandera. Se necesitan unos cuantos porque el trapo verde y blanco no solo es grande sino que también es muy pesado. Alrededor de diez o doce encargados, grossos, la llevan al hombro y la retiran de la Plaza hacia un lugar seguro (las reminiscencias futboleras vienen a mí solitas). Una columna de recolectores de basura permanece en el lugar. Los que – retirada la bandera – no tienen nada que hacer, encaran a los vendedores ambulantes, compran algo para tomar y se sientan a la sombra de la palmera.
A mi izquierda, la fuente de la Plaza. Ahí está, mítica y mitigadora. Aún así, nadie se le anima todavía. A decir verdad, no creo que nadie se le anime. El 17 de octubre, a pesar de la prisión del líder, fue un día festivo. Hoy el caso es distinto: el líder ha muerto. Banderas celestes y blancas con el pendón negro. En el mástil mayor, detrás del vallado que divide la Plaza en dos – que nos separa de la Casa Rosada y de Néstor -, la bandera a media asta. El día en que Evita murió a nadie se le ocurrió meter las patas en la fuente.
“Todas las mañanas sale el sol/ a Néstor Kirchner lo llevó en el corazón/ Viva Perón”.
Todo bulle a mí alrededor. La tierra, el asfalto, las personas. Algo se está cocinando. Hacia donde miro hay una organización o agrupación peronista. Pero el espectro es más amplio aún. Hay muchos que, sin bandera, ocupan un lugar. Y yo soy la prueba. Por supuesto, los peronistas arrecian con sus consignas,  símbolos y cantos. Pero Néstor no pertenece únicamente al peronismo. Y eso se percibe, se nota en la esquiva resistencia de muchos a entonar la marcha. Se los digo yo, que estoy prestando especial atención a esos detalles y estoy con los sentidos alerta: no todos cantan la marcha.
Para alguien como yo, que viene de una familia radical, alfonsinista, preguntarse si sos o no sos kirchnerista equivale a preguntarse si sos o no sos peronista.  (Sobre todo porque, en general, los peronistas han abusado mucho de eso de cafierista, menemista, duhaldista, etc.; para diferenciarse en algo de la mismidad aunque más no sea en el nombre). Entonces digo que no, que no soy peronista. Pero no por su historia, sus orígenes o los principios del movimiento. Respondo que no, más que nada, por el menemismo. Porque tengo 34 años y estoy convencido que el menemismo fue lo peor que pudo habernos ocurrido como Nación. Y esto, más allá de cualquier intelectualización. Porque lo viví en la calle. Porque mi adolescencia transcurrió en esos años pero también porque llegué a ver el viejo y herido estado de bienestar. Y porque Menem no actuó solo. Fue legión. Fue muchos. Entonces, vengo de familia radical y no sé si alguna vez yo lo fui; lo que sí sé es que soy anti-menemista. La Rata inmunda, como dice Eduardo, traicionó, entregó y hundió a nuestro país y a nuestra gente, a todos nosotros. Entonces, me pregunto ¿por qué estoy en la Plaza? Estoy en la Plaza, justamente, porque  kirchnerismo – o ahora: cristinismo – no implica necesariamente al peronismo. O porque no se agota solo en él.
Es más: hay muchos que, como yo, están sorprendidos del número, del reconocimiento y la aceptación. Por eso, entonces, la alegría. Porque la convivencia es pacífica. No es como ir a la popular de River siendo de Boca y temer ser descubierto. Justamente, no hay temor, señores, no hay miedo: nadie teme compartirla Plaza.  Y, por otro lado, el número. El número que nos convierte en una fuerza poderosa. Respetable para propios y para extraños. 

Un pensamiento se une a otro. Por primera vez en el día, presto atención a las cámaras de televisión. Estoy seguro que están tomando la escena desde todos los ángulos. Y no sé qué están diciendo pero imagino las lecturas reduccionistas que, en estos momentos, hacen los medios contrarios al gobierno. Supongo cómo, en su ceguera vengativa, pasan por alto los infinitos matices que se están dando cita en la Plaza. Entoncesveo una bandera negra que me atrae como un imán. Voy y me paro justo debajo de ella. Agrupación Negros de Mierda. Y sonrío a la cámara.
Vine porque él ha muerto. Pero ahora me importa ella. Esa mujer. Y digo, como las Madres: “Ni un paso atrás”.
No recuerdo hecho político que haya generado tanta expectativa, que haya lanzado tanta gente a la calle. Salvo, quizá el día en que Alfonsín anunció que la casa estaba en orden. (Tendría unos diez u once años y junto con mis hermanos fuimos a la municipalidad de mi pueblo, a escuchar al intendente. Por supuesto: en casa aquella Pascua se zanjó por la positiva y se disculpó al líder: fue un intento de golpe y Alfonsín, a pesar del respaldo, transó. Me duelen mucho las leyes de obediencia debida y punto final. Pero Alfonsín no fue el Menem que indultó. Sin embargo, soy consciente de la desmovilización que aquel desengaño generó en la masa).  Hoy creo que la expectativa es la misma. Y depende de Cristina, de su capacidad para mantenerse firme, que el pueblo la acompañe hasta el final. 
No puedo dejar de pensar en la muerte de Evita y en la Fusiladora. En el odio ciego. En la destrucción  indistinta de toda la obra que – positiva o negativa para el país – fue aniquilada por el solo hecho de ser sospechada de peronismo. Hoy, creo, el odio ciego daría pie al mismo fenómeno. Por eso canto: 
“Gorila puto/ vas a acatar/ las decisiones del gobierno popular/ olé olé/ olé olá”.
 
(Continúa “En la multitud” (3) “Una Plaza…”).

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