En la multitud. (5)

En la multitud: Celina.

Por fortuna, el sol ha ido bajando. El reloj marca las 18.00 hs. Sigo de remera. Apenas si he tomado algo de agua. Hay gente mayor resistiendo al cansancio. Todo para ver a Néstor. Para apoyar a Cristina. Una chica pasa con un gran canasto sobre la cabeza. “Chipá. Calentito el chipá”. Pasa al lado mío: “Pastelitos calientes para las viejas sin dientes”, le digo. La chica sonríe. Ahí está el Tortoni. La estación Piedras del subte. Un fotógrafo se ha parado sobre la baranda y dispara sobre la multitud. Los cantitos, con pequeñas pausas, han sido constantes. Las banderas de  La Cámpora se agitan allá adelante. Las manos cruzan el aire y marcan la V de la victoria. Un pasacalle corta la avenida y reza así: “Néstor con Perón. El pueblo con Cristina”. Las semillitas de los plátanos de la Avenida de Mayo viajan con el viento y se enredan en el pelo. Las chicas y mujeres más coquetas se avisan unas a otras. Pienso que son los mismos árboles de las plazas de mi pueblo.
La luz es cada vez más difusa. En la esquina un grafitti, en azul, pregunta: ‘¿Dónde está Julio López?’ La noche cae sobre nosotros. Se encienden las primeras luces. En la avenida, en la Plaza. El rosado de Casa de Gobierno ofrece un sosiego, hace atractivo el conjunto. En la radio dicen que acompañando a Cristina está Lula. ¿Llegaremos a verlo? ¿Y Evo? El que llega tarde es Chávez ¿y si está al entrar? ¿Veremos a Hugo?  
Mariano ha quedado atrás y ahora camino junto a Celina. Tiene casi 60 años. Vive en Ensenada. ‘Yo era la responsable de Néstor’, lanza. ’En la FURN’. En los setentas, Celina estudiaba en La Plata. Militaba en una de las organizaciones de Montoneros, la Federación Universitaria Revolucionaria Nacionalista. En aquel entonces, Celina velaba por sus compañeros. Y Néstor era uno de ellos. ‘Éramos unos pibes. Yo había crecido mucho en la organización. Después me asusté y me fui. Volví recién en el 2005′. Mientras la noche se hace más oscura todo parece indicar que esta mujer va a contarme su historia.
A Celina la buscaba la Triple A. Una patota cayó por ella en su casa. Su familia se llevó un buen susto pero no le hicieron nada. Pudieron avisarle y, con lo puesto, Celina huyó al exilio. Primero recaló en Perú. La vida diaria se hacía difícil. No se podía confiar. Los compañeros desaparecían. Su pasaporte argentino había vencido. Los papeles eran un problema. Después de vagabundear por distintos países de América cruzó a Europa. En Italia pudo trabajar. Había estudiado el idioma y eso le ayudó mucho. Pero los problemas con los papeles persistían. Luego de cinco años de peregrinaje, recaló en Alemania. En seis meses aprendió el alemán. ‘Estaba sola. No tenía plata. Estuve meses sin cruzar palabra con nadie. Los mejores estímulos para aprender’. Después de mucho batallar, en Dortmund consiguió asilo político. La ciudadanía llegó después. Mientras tanto, volvió a la universidad. Estudió y se recibió de Química. Se dedicó intensamente a su trabajo como investigadora. Trabajó en un importante instituto de la ciudad. Nunca se casó. ‘Poco después de irme al exilio mi compañero desapareció. Después de eso, nunca quise ligarme sentimentalmente a nadie’.
Mi celular suena y atiendo. El griterío y las voces complican la charla. Es mi vieja. ‘Estoy en la Plaza. Voy a entrar a la Casa Rosada. Ya casi llegamos al corralito. En dos horas, más o menos, estoy adentro’. Más que una posibilidad cierta, es un deseo. La columna avanza lentamente.  Nuestro objetivo toma forma, se  agiganta, se torna asequible. En cinco horas hemos avanzado poco más de seis cuadras. Pero en la esquina de Avenida de Mayo y Perú hay un corralito. Allí la marea se angosta. Dicen que a partir de ahí nadie se cuela. Entonces se avanza más rápido.  Todos queremos creerlo. Los pies empiezan a resentirse. El cuerpo pide descanso.
Siento pena porque mi novia no pueda acompañarme. Está por salir del trabajo. Habíamos quedado en encontrarnos en la Plaza. Temo que, si llega después de Perú, ya no pueda hacerla entrar. La llamo para avisarle y pedirle que se apure. Dice que hará lo que pueda. Miro hacia atrás y busco al resto de los chicos pero no los encuentro.  Sin querer, concentrado en el relato de Celina, los he olvidado. 
En la calle Perú, un cordón de la Policía Federal corta el paso. Enfundados en sus chalecos naranjas fosforescentes manejan sin violencia la corriente de personas que ansían llegar a la Rosada. Calculo que el resto del grupo está media hora, en personas, detrás nuestro. Con Celina decidimos seguir avanzando. Nos reuniremos con los muchachos al salir de aquí. 
Pasamos el cordón policial. A mitad de cuadra, el celular vuelve a sonar. Es mi novia. Poco después está aquí, pero del otro lado de la valla. Le paso la cámara y le pido que haga algunas tomas de la Plaza. Vuelve y hablamos a través de la reja. Una señora nos señala una abertura que hay uno o dos metros más adelante. ‘Sos flaquita, dijo, vos pasas por ahí’. Por un instante, adoramos a la señora. Tiro con fuerza de las vallas y abro un poquito más el hueco. La señora nos ayuda. La sonrisa de Ro no cabe en su cara (hacía seis horas que yo estaba allí; otros, tal vez más ¿cuántas se había ahorrado Ro?). Agradecimos a la señora y, dos segundos después, la perdimos en la multitud. 
En San Martín la columna tuerce a la derecha. Dos chicos se han encaramado sobre el vallado. Desde allá arriba cantan y contagian a la multitud. Pertenecen al movimiento Evita o La Cámpora, no estoy seguro. Ahora nos pasan unos volantes. 
“Kirchner vos nos sacaste del infierno… pero todavía quedan algunos demonios: Clarín/ Magneto – Duhalde. Sigamos tu lucha para que tu muerte no haya sido en vano. Hasta la Victoria Final!!! JP”.
La  visión de la Plaza trae un recuerdo a Celina. ’En el 75, cuando Perón nos echó de la Plaza, yo estaba ahí con mi gente’. Otra vez, me invade la sorpresa. ¿Cuántas historias como ésta hay entre los que ocupan la Plaza? ¿Qué historias se esconden bajo todos estos rostros? A pesar del caos que nos rodea me concentro en el relato.
“Yo era la encargada, la responsable, de la columna que vino de Ensenada. Ya no recuerdo cuántos colectivos trajimos. La entrada fue pacífica. La gente iba llegando. A nosotros nos palparon uno a uno antes de entrar a la Plaza. La orden era nada de armas. Vinimos desarmados. Pero los techos de los edificios estaban llenos de tipos con fusiles. Habían traído todo el laterío. La Plaza estaba llena. Montoneros se ubicó sobre la izquierda. Éramos minoría porque cuando mueve la CGT, mueve con todo. La relación era – si dividimos el espacio en cuatro – tres a uno. La orden fue: sólo banderas argentinas, prohibidos los símbolos identitarios. Trajimos banderas argentinas. Pero una chica que estaba embarazada se había escondido aerosoles abajo de la panza. En un momento, pidieron bajar las banderas. Cuando las subimos, pum, Montoneros”.
Por un instante, los cantitos nos contagian.
“Borombombom borombombom para Cristina, la reelección”.
Cuando el furor cesa, le pido a Celina que continúe. No se resiste.
“La convivencia en la Plaza era mala. Escupían a un compañero, pateaban a otro, nos gritaban, nos puteaban. A muchos de los nuestros tuvimos que contenerlos. Cuando el Viejo empezó a hablar y a ofendernos, la gente que estaba conmigo empezó a removerse. No le gustaba nada lo que estaba escuchando. Mucha gente humilde, que había hecho un esfuerzo grande para venir y el Viejo ahí, despreciándolos. Me empezaron a pedir que nos fuéramos. Y yo estaba ahí por ellos. Me debía a ellos. ‘Si se quieren ir, nos vamos’. Y nos fuimos. Mirando bajito y sin chistar. Te digo: yo creí que nos iban a cagar a tiros a todos. Nos matan, pensé. (Yo había estado dos días en el barro. Dos días en el barro de Ezeiza. Allá nos habían tirado a la cabeza, nada de tiros al aire). Después la superioridad me pidió explicaciones, me reprochó que hubiera movido. ‘Fue lo que la gente me pidió’, les dije. Poco después el Viejo se murió. Llegó lo peor. El exilio, la dictadura, las desapariciones”.
-Entonces, mi visión sobre el peronismo es crítica. Muchas veces me he cruzado con dirigentes de aquella época. Hoy están muy arriba. Me esquivan. Supongo que creen que voy a pedirles algo. No me conocen. Además, Perón me defraudó. Por eso no canto la marcha. Por eso nunca volví a la Plaza.  Hoy es la primera vez.
Pensar que es la misma Plaza. La del 17 de octubre. La del bombardeo. La de Malvinas. ¿Y hoy? ¿Será recordada como la Plaza del 28 de octubre? Repito: todo depende, ahora, de la lectura que haga Cristina y los dirigentes que la rodean. Hoy el pueblo la acompaña. La mayor parte, al menos.
 
(Continúa en “La multitud” (6) “Adiós, Néstor. Aguante Cristina”).

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