En la multitud. (4)

En la multitud: Mariano.

En calle Rivadavia me encuentro con Fabio. Amigos y amigas lo acompañan. Mariano, Celina, Valeria, Mónica, Verónica… Sin pensarlo, entro en la fila. ¿En verdad quiero hacerlo? Bueno, converso un rato con ellos, me digo, y vuelvo a la Plaza. Nadiese queja, los que vienen atrás permiten que me quede. Soy solo uno en la  multitud.  Hacia atrás y hacia adelante la hilera humana se extiende sin solución de  continuidad.  La  calle  angosta y los edificios altos acentúan la sensación de masividad. Adelante nuestro, a unos diez o quince metros, se destaca la columna de La Cámpora. Las banderas flamean y arrecian los cánticos. Uno en particular es casi un hit.
“Andate Cobos la puta que te parió/ Andate Cobos la puta que te parió”.
La columna avanza lentamente en dirección a la 9 de Julio. Un paso adelante hay una agrupación estudiantil de Santa Cruz. Su bandera, hecha con dos cañas y un pasacalle, nos roza las caras. Atrás nuestro hay tres chicos aporreando unos redoblantes.  ¡Mamita, cómo le dan! Para colmo, no tienen mucha idea. Dos de ellos, incluso, me parece, están aprendiendo. Fabio y Valeria dicen que tienen un aire de murga. Creo que son benévolos. En verdad, si hubiese que respirar de ese aire, correríamos riesgo de morir asfixiados.  
En las esquinas el sol nos da de lleno. Se hace sentir. El avance es lento. La mecánica se repite. Damos unos pocos pasos. Nos detenemos. Pocos minutos más tarde, volvemos a dar unos pasos. Hablamos a los gritos. Comentamos el fenómeno. La excitación nos domina. Solo conozco a Fabio pero la integración se opera irreversiblemente. Si estamos aquí es porque algo más importante que nosotros mismos nos convoca. Saco el diario. No es sencillo concentrarse con los redoblantes al lado de la oreja. No los repruebo, no los miro. Todo transcurre en paz. Los cantitos se suceden:
“Olé olé olé olé, Néstor, Néstor”.
La lectura no puede ser más distraída. Alterno entre el diario y la calle. Una ambulancia hace sonar la sirena  y la columna libera el paso de la calle. Es el SAME. Un gordo rubión, con un aerosol en la mano, intenta escribirle algo. Como la camioneta acelera solo alcanza a trazarle una línea donde lleva el logo. Sigo con la lectura del diario. Ojalá así sea, Juan Pablo. Que los que la rodean la apoyen. Que todo esto sirva para algo. Y seguro, Dios no es Argentino.
Creo que el gordo pertenece al movimiento Evita. Camisa blanca y marrón, jean celeste, zapatos. Su columna viene un poco más atrás. Llegamos hasta un edificio en construcción. Unos cuantos obreros, colgados con arneses, pintan las paredes a varios metros de altura. ¿Qué ven desde allí? ¿La UOCRA con quién está? En la puerta de la obra hay un tablado. El gordo es rápido para el graffiti. “Cobos traidor”. “De Narváez narco”. “Duhalde hijo de puta”. “El pueblo con Cristina”. Todo el mundo aplaude. Yo también.   
Alguien dice qué buena idea traer el diario. El tiempo pasa lento. Se avanza poco. Fabio me pide unas páginas. Le doy una parte. Llegamos a la 9 de Julio. El sol nos cuece por arriba y el asfalto por abajo. Por un momento, la columna se ensancha; al siguiente, se angosta. Valeria me pide un poco de diario para hacerse un sombrero. Le doy el suplemento No. El resto lo conservaré como recuerdo. Hacia adelante y hacia atrás, el sin fin de personas me parece cada vez mayor. Hay colectivos escolares, municipales  y particulares estacionados en cualquier lugar. Están vacíos. La gente que ha venido en ellos nutre la multitud.
Los chicos de La Cámpora agitan las banderas, no paran de cantar y agitar las manos con la V de la victoria.  
“Cristina, Cristina, Cristina corazón/ acá tenés los pibes para la liberación”.
Otra vez en la Avenida de Mayo. Borrosa en el horizonte, la Plaza y la pirámide. Un poco más allá, nuestro objetivo: la Casa Rosada. Intercambiamos partes del diario con Fabio. Por fin, los pibes del redoblante cesan el martirio. Nadie, ni una sola vez, les ha dicho nada. Si han callado, fue por decisión propia. Poco después los pierdo y no vuelvo a verlos. En cambio aparece una agrupación de Dock Sud. Son tipos grandes, de unos sesenta años, bastante castigados. Son joviales, vitales, graciosos; les faltan los dientes, renguean, tosen. Despliegan su bandera y caminan detrás nuestro. Son bien peronistas y cantan mucho por Perón.
Terminamos con el diario y lo guardo en la mochila. Charlamos un rato con Mariano. La fila avanza unos pasos, se detiene. Es de Maipú pero vive en La Plata. Su familia, me cuenta, sigue viviendo en el pueblo. Le pregunto si hay algún recordatorio de la estancia de Miraflores. Menciona la laguna. Le cuento de Ramos Mejía. Un tipo que viene un poco más atrás, de barba entrecana y anteojos, dice: ‘La verdad, no pensé venir a la marcha y encontrarme a alguien hablando de Francisco Ramos Mejía’. Buena onda. Avanzamos otro poco. De la columna parten aplausos y vivas. Es Martín Sabbatella. Ha venido a presentar sus respetos a la presidenta. La multitud lo quiere.
Con Mariano hacemos migas enseguida. Derivamos al tema de hoy, la política y el kirchnerismo. Arranca fuerte: “Con mi viejo me pelié y no nos hablamos durante años. Fue por el kirchnerismo”. Lo miro azorado pero, por alguna razón, no me extraña. Es el ejemplo extremo de casos que en otros tiempos eran comunes. En épocas de peronismo – antiperonismo ocurrió con frecuencia. Las familias se rompían, dejaban de hablarse. Mi deseo es que no vuelva a ocurrir pero el resurgimiento del sectarismo y la intolerancia parecen agazaparse a la espera de una oportunidad. Contrariamente al relato de los medios hegemónicos, son ellos y la oposición quienes reproducen esos vicios del pasado. Mariano agrega: ‘Con mi vieja pasó algo parecido. Le tuve que decir que tuviera cuidado. En un momento fue como si se hubiera puesto a militar contra mí. Le dije que aflojara, que tuviera cuidado. Cada vez me iban a dar menos ganas de verla. Después de eso paró un poco’.
“Pingüino/ pingüino/ pingüino corazón/ levanto esta bandera para la liberación”.
Le comento lo que estaba pensando. El discurso sobre la violencia y la ‘crispación’ que la oposición le endilga al gobierno. Las descalificaciones a la presidenta y su animalización (que esconden la falta de argumentos). Justo pasa Mariotto junto a nosotros. Aplausos. Gritos. Vivas. Con Mariano seguimos con lo nuestro. ‘¿Sabés lo que me pasó a mí?’ dice y, mientras avanzamos otro poco, desgrana su historia.
Mariano me cuenta que solo se corta el pelo en Maipú. Tironea de un rulo para demostrarme que hace mucho que no viaja. El peluquero es amigo suyo. En la peluquería se junta mucha gente. Se charla y chusmea. Todo el mundo se conoce. “Durante la 125, en Maipú – un pueblo agropecuario como el mío -, la mayoría estaba con el campo. Estaba en la peluquería, cortándome el pelo, charlando. Cae un tipo a volantear contra el gobierno. Dice no sé qué disparates. Lo conocía: un ‘piojo resucitado’, que alquilaba unas hectáreas y sembraba. Los que esperaban aceptaron el volante, yo no.  El flaco se me quedó mirando. ‘Che, pero si tu viejo es productor’. Yo le respondí que mi viejo era mi viejo y que yo soy yo. Creo que el flaco no se lo esperaba. Una frenada terrible. Quedó desubicado, ¿entendés? Como no supo que decir, me dijo una barbaridad. Yo le tiré lo de ‘piojo resucitado’. Se puso como loco, me quería agarrar a las trompadas. Por fin, el peluquero le pidió al flaco que se fuera. Me puteó y se fue. Al día siguiente, me encontré con un amigo en la calle. Estábamos hablando como si nada cuando el ‘flaco’ pasa justo en su camioneta. Nos ve y clava los frenos. Se bajó a pegarme, el hdp. ¿Vos podés creer? Como si yo no pudiera pensar lo que quisiera. Tenía que pensar como él quería”.
– Bueno, ¿y cómo terminó?, le pregunté.
– El amigo con el que estaba charlando nos separó. Es un tipo grandote. Le puso una mano en el pecho y le dijo: ‘No’. Con eso fue suficiente… Nos tiramos unas manos, nada más. No te imaginás la impotencia que sentí.
No era el único. El sábado anterior, sin ir más lejos, me había ocurrido un fenómeno similar. Viajaba desde Mar del Plata a Buenos Aires y, antes de subir al ómnibus, compré el Página 12.  Había muchos pasajeros así que esperé y subí último. El bondi iba lleno. Como compañera de asiento me tocó una señora mayor. Ya estaba sentada y se entretenía leyendo el Clarín. Le pedí permiso para pasar porque me tocaba del lado de la ventanilla. La miré, distraído: una señora de clase media, educada y amable; camisa azul, pantalón gris, zapatos marrones. Cruzamos alguna palabra por la atención. (No sé si no rió, incluso, por algo que dije). Me acomodé en mi asiento. Ella leía su diario tranquila. Hasta ese momento, dos seres civilizados condenados a compartir asiento. La barbarie la invadió cuando, acto seguido, abrí la mochila y saqué el Página 12. Lo que siguió no lo entendí. ¿Acaso fui descortés? ¿Maleducado o inconscientemente ofensivo? ¡Por Dios! ¡Cómo se transformó la señora! ¡Ni que hubiera pisado una yarará!  La hostilidad se hizo tan patente que parecía la chiquilinada de una nena caprichosa. Pasaba las hojas del diario con bronca, exagerando el gesto y haciendo ruido con el papel. Bufaba insistentemente. Evitaba siquiera mirarme. La ignoré todo lo que pude. En Dolores había un corte de trabajadores tercerizados del ferrocarril Roca. Descorrí la cortina y les mostré el pulgar hacia arriba. Los pobres tipos estaban asándose al sol en la ruta. Días atrás habían asesinado a un compañero suyo en un hecho todavía no aclarado… Pero claro, a la señora no le gusta la solidaridad. Tampoco la piedad. Y menos, los negros. Por eso cuando vio el gesto lanzó un ‘Hum’. Pero ¿qué le pasa a esta señora? ¿Eh? ¿Qué le pasa? ¿Alguien me lo explica por favor? ¿Acaso le molesta la libertad de conciencia? ¿Dónde andará la policía del pensamiento? Al parecer, lo sabía todo de mí… Qué sé yo… En fin, llegamos a Buenos Aires y no habíamos bajado de autopista hacia avenida Madero que ya la señora había juntado sus cosas y esperaba parada junto a la puerta. ¡Hoy debe estar mirándonos por televisión! Por eso busco la cámara y saludo a la señora.
 
(Continúa en “La multitud” (5) “En la multitud: Celina”).

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