En la multitud. (6)

Adiós, Néstor. Aguante Cristina.

Del cielo caen volantes:
“Hoy Clarín titula: Kirchner marcó una época. Para nosotros Clarín también… la época oscura de nuestra Patria… que tu muerte no quede impune. Sigamos tu lucha contra los oscuros: Clarín/ Magneto – Duhalde. Hasta la Victoria Final!!! JP”.
Entramos en la recta final. Yrigoyen es el tramo más duro. En las últimas horas apenas hemos avanzado. A razón de hora y media por cuadra. Las vallas ceden, la columna se ensancha. Los reflectores sobre el ministerio de economía marcan la línea de llegada. ‘A partir de ahí, dicen, ya estás adentro. Podés descansar, sentarte un poco, estirarte’. El periodista Daniel Tonietti aparece de la nada, a nuestra izquierda. Lo rodea un grupo de chicos de La Cámpora. Cuando empiezan a cantarle, la multitud se suma a ellos: 
“Tonietti es peronista/ Tonietti es peronista/ Tonietti es peroniiiiista”.
Nos reímos de nuestra inocencia. Las horas han ido pasando. La entrada se pospone. A este ritmo, falta mucho todavía. Se ve movimiento en el centro de la Plaza. Una agrupación se mueve hacia nosotros y encara la entrada. No sabemos de quién se trata. Vemos los estandartes pero no alcanzamos a distinguir nombre, color. Solo vemos que se mueven y entran en la fila. La rechifla se generaliza. No siento las piernas, la cintura me mata, hago malabares para equilibrar el peso. Celina se sostiene de nosotros. Ro es la que menos ha sufrido pero también ella empieza a sentir los efectos de la marcha. A estas alturas la multitud apenas tiene fuerza para denostar a los colados. Apenas se canta ya. Una voz afónica insiste por enésima vez:  
“Andate Cobos, la puta que te parió/ Andate Cobos la puta que te parió”.
Pocos lo acompañan. Marchamos casi en el aire. Los pies apenas tocan el piso. La marea se agita. Una ola nos impulsa a derecha e izquierda. Los apretujones hacen que el aire escasee. Un chico que ha venido con su madre y un grupo de amigos no paran de hacerse chistes. La vitalidad de la señora se resiente. En la esquina de Defensa recupera la compostura. Una fuerte corriente de aire nos devuelve a la vida. El ministro de economía Amado Boudou se acerca a la multitud y se funde en ella. No es muy popular el ministro. Sin embargo, las demostraciones de afecto son sinceras.  
El vallado está ahí, al alcance de la mano. Se ordena deshacerse de los palos que sostienen banderas, mensajes y estandartes. Todos obedecen. Alguien pregunta si piden documentos para entrar. Para mis adentros sonrío. Lo último que faltaba.
Los estandartes de La Cámpora no están. Han entrado. Falta poco para nuestro turno. A nuestra izquierda, los móviles de la tv con sus antenas parabólicas. Los operarios laburan en el interior. Ahí está la TV Pública. (Aguante Tristán Bauer, pienso. Lo felicito en silencio por Canal Encuentro. Pero también por Radio Nacional y Canal 7).
La presión de la multitud es cada vez más intensa. Como si el mayor punto de empuje se diera en su extremo final. Los efectivos de la Policía Federal piden tranquilidad. Los mensajes para la presidenta en el vallado no dejan ver qué hay más allá. Solo las luces de la Rosada. Los techos, el balcón vacío, las columnas y ventanas de los pisos superiores. Por fin, la presión cesa. Los policías que guardan la entrada dicen: ‘No empujen, por favor. Ya están adentro. No corran’. Trasponemos el vallado. ‘En parejas. De dos en dos. Apaguen sus celulares. Nada de fotografías en el interior’.  Nos acomodamos detrás de dos viejos peronistas. Llevan la misma gorra pero no puedo distinguir a qué agrupación pertenecen. (Las gorras son celestes y blancas y tienen un sol amarillo en la frente, sobre la visera). Ro se dedica a filmar. Acá estamos. Por la continuidad. Por la democracia. Por Cristina. Uno de los señores se gira y me dice: “Vamos a tener una lucha difícil”. Me gusta ese ’vamos’. Me hace sentir parte.  
Allí está el monumento a Manuel Belgrano. Llamo a casa y hablo con mis viejos. Les describo lo que estoy viendo. Las sensaciones que se han apoderado de mí. Mi viejo, militante radical de toda la vida, me dice: ‘Está bien, estas cosas hay que verlas enteritas’. Pero él está pensando otra cosa. Por fin, me hace la pregunta del millón:
– ¿Y? ¿Ya te convencieron?
– Y, es muy fuerte esto… Sí.
– Me parece bien que encuentres tu camino.
¿Escuché bien? Estupefacto, hablo un rato más. Cuando cuelgo, todavía no puedo creerlo. ¿Lo habrá dicho en serio? Sus palabras tienen un efecto inesperado: de pronto me siento más liviano. Me ha evitado un sinfín de explicaciones.  ¿Entenderá alguna vez  mi cristinismo no peronista? No importa. Como decía Mariano: ‘Mi viejo es mi viejo y yo soy yo’.
Nos encaminamos hacia la Casa Rosada. Ahí está el monumento a Belgrano. Bajo el arco de la entrada principal han encendido una escarapela de esas que usan como logo en la Tv Pública. Dos Granaderos custodian la puerta, inmóviles, apoyados sobre sus sables. Al igual que el vallado, la reja que protege la casa de gobierno está llena de mensajes, flores, banderas… Antes de transponerlas nos llega un exquisito y suave perfume. El piso del patio interior está cubierto de arreglos florales y coronas. También la puerta de ingreso. Pero las del patio estaban ocultas. Nos sorprende su dimensión. Uno de los Granaderos, me parece, está emocionado. Altivo, rehúye  nuestra mirada. La policía y otros hombres de seguridad, vestidos de civil, nos ordenan apagar la cámara, los celulares. La luz se intensifica. Del interior llegan aplausos, gritos y cantos. Pasamos a través del detector de metales. Las paredes del salón de los patriotas está cubierto de cuadros. San Martín, Bolívar, Martí, el Che… Ingresamos por un pasillo angosto de pisos ajedrezados. Entre nosotros y el pasillo de salida, en los laterales, debajo de los cuadros y donde hay un lugarcito, coronas y flores. 
A la derecha del cajón, Alicia Kirchner. A la izquierda hay una chica pero no sé si es su hija o la hija de Néstor y Cristina. En fin, alrededor de ellas, un abanico de funcionarios que también desconozco. Visten trajes negros. También hay mucho personal de seguridad. Una mujer humilde le habla a Alicia. ‘Hay que apoyar a Cristina, compañera’. Alicia asiente en silencio. ‘Viva Néstor, aguante Cristina’. El paso es más rápido de lo que muchos desearían. Apenas me doy cuenta y ya estamos enfilando hacia la puerta. Me vuelvo para mirar por última vez el cuadro. Veo otra vez al gordo rubión que andaba con los aerosoles en Rivadavia. Llora como un chico.

Un coro de voces, amplificado por la acústica del salón, nos llega desde la entrada.
Son los muchachos de la Tupac. Han entrado después de nosotros. No sabía que los militantes de Milagros estaban tan cerca. No había visto sus banderas. Han hecho un largo viaje. Cantan una canción que no había escuchado hasta ahora.
“Néstor, Néstor querido siempre serás mi amigo/ Néstor, Néstor querido siempre serás mi amigo/ y aunque no estés con nosotros y ya estés en el cielo/ seguiremos luchando por el sueño de todos/ por el sueño de todooos…”
Esperamos junto a la reja. Fabio, Mariano y el resto de los chicos están entrando. Un camarógrafo de América TV se acerca para hacerle una nota a Celina. ‘No quiero hablar’, le dice. Se la ve emocionada. Un chico que sale de la Casa Rosada se da cuenta que la cámara es de América y le grita: ‘De Narváez narco’.
Los chicos de la Tupac se van juntando. Se los identifica por sus remeras blancas y letras negras que rezan el nombre de la agrupación. Cantan al unísono y se hacen sentir. Permanecen a un costado de la escalinata y resisten la presión de los están saliendo de la Casa Rosada.
Por fin aparece Fabio y los chicos. Nos juntamos y compartimos alguna impresión. Estamos cansados. Son las 24.00 hs. Nos despedimos. No sé cuándo volveremos a vernos. Pero estoy seguro que, cada vez que volvamos a encontrarnos, tendremos algo de qué hablar.
Con Ro emprendemos el regreso a casa. Aceleramos el paso. El cuerpo nos duele. Necesitamos dormir, asimilar todo lo que hemos vivido a lo largo del día. Sin embargo, los chicos de la Tupac abandonan la casa de gobierno y la estampida nos induce  a volvernos para mirar. Milagros Sala está ahí, rodeada de los suyos. ‘No empujen’ les dice. Sus seguidores ríen. Se amontonan a su alrededor, como una manada alrededor de la madrina.
Los pibes de la Tupac arrancan su canción. La última para nosotros. Pero la más coreada y cantada a lo largo del día. Dice así:  
“Che gorila, che gorila/ no te lo decimos más/ si la tocan a Cristina/ qué quilombo se va a armar”.

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1 comentario

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Una respuesta a “En la multitud. (6)

  1. ro

    leí el primero y el último. me encantó como los puliste!

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