Entrevista a Juan “Tata” Cedrón. (*)

La poesía no es un género literario sino una forma de plantarse ante la vida”.

La Lechuguita NO. – Según nos han contado, su primer trabajo fue como aprendiz, cebando  mate y buscando tangos en la radio, en el taller mecánico de su padre…

Tata. – Mi viejo tenía un taller mecánico, primero en Núñez. Armaba coches en la pieza de mi casa, en la cuál dormíamos todos. Recuerdo un Ford T al que le iba haciendo el motor, las válvulas y el ajuste. Y nosotros tirábamos bolitas adentro y, que sé yo, y después por el caño de escape salía todo eso.

LLN: – ¿Cómo era la casa?

T: – Era un conventillo. Era de mi abuelo, mi abuelo vivía adelante. Era como esas casas chorizo, un PH le dicen ahora, pero era un PH de chapa.

Había varios inquilinos. Finalmente estaba mi abuelo, una correntina con una pieza y una cocinita, con el marido y los hijos, y después había otra pieza más, una cocina enfrente y dos piezas más. Para nosotros. Estábamos todos. Alberto, Jorge, Osvaldo y yo. También estaba Roberto y Rosita. Jorge y Osvaldo eran mellizos.

Ahora sí, en el conventillo ese, mi viejo arreglaba coches. Hacía cerámica, tenía un horno de cerámica también, en la cocina, eléctrico, que hizo él y en el que nosotros ayudábamos…

LLN: – Era muy habilidoso, ¿verdad?

T: – Sí, era muy habilidoso. Había inventado un horno transportable. Iba pasando por un carril, la pieza entraba por un lado del horno y salía al otro, ya cocinada. En cadena.

LLN: – ¿Y todo eso montado dentro de la casa?

T: – No eso era en la fábrica, después se puso una fábrica él; va, en la casa hacía juegos de cerveza, de té… de cerámica, uno, dos tres, cuatro. Y los iba a vender él. Todo artesanal, todo autogestión. E hizo un horno eléctrico, me acuerdo.

Mi viejo compraba una revista que se llamaba “Hobby”, famosa, y que salía una vez por mes, creo, o una vez por semana. Ahí salía todo para hacer: arreglar la mesa, para hacer un armario, para pintar;  te explicaban todo para hacer las cosas en tu casa: manualidades.

Había planos de radio. Se compraba la resistencia y no sé cuánto. Y mi viejo con un plano hizo una radio.

LLN: – ¿Esa era la radio en la que usted buscaba los tanguitos…?

T: – Y claro, claro. No tenía armazón y no tenía dial. Se daba vuelta con el tándem, que era una especie de cosa que entramaba una chapa con la otra para buscar el dial… Y de ahí la dábamos vuelta para cambiar la radio. A lámparas eran… Y el parlante estaba suelto al costado. Poníamos lo que queríamos. Eso lo hizo mi viejo. Y mi viejo nos hacía radios a galena también. Es una piedrita que vas buscando y, con auriculares, escuchas la radio.

Y aparte cantaba bien, cantaba muy bien… Cantaba zarzuelas, porque era hijo de españoles. (Canta) “Dile que la quiero, dile que no vivo, dile que se apiade”. Cantaba muy bien el viejo, y cantaba tangos, por supuesto. Folklore… No sé, muy culto. Era muy abierto… Culto en el buen sentido de la palabra, que el tipo estaba abierto a un montón de cosas… Geografía, existía la geografía, que existía la química, existían los astros, existían las matemáticas, la física…

LLN: – ¿Tenía una educación formal?

T: – No!!! Mi abuela era modista de los Navarro Viola, una familia súper bacana, de la oligarquía. Mi abuela tenía catorce hijos, gallega. Y cuando vino de España era el mil ochocientos y pico. O sea que mi abuela empezó a tener hijos desde mil ochocientos noventa… Era la modista de la casa, pero modista modista… Bordado, confección, modelo único, pero total, buenísimo… Entonces, mi viejo, seguramente que se crió con los profesores que tenían los chicos, profesores privados, que son los profesores de los bacanes… Mi viejo era remero, remaba, tenía esos pullover a rayas. Hacia yacht pero era el hijo de la modista… Tenía permitido, en esa época eran más democráticos los bacanes…

LLN: – No eran tan oligarcas…

T: – Los dejaban a los hijos de las modistas participar… Entonces mi viejo, seguramente se formó ahí, aparte de sus inquietudes, por supuesto.

Y sé que el envión de todos nosotros fue mi papá. Alberto cuenta una cosa muy linda: mi viejo nos decía que, primeramente, estaban los astros; el cielo, el espacio, y que más allá no había nada. El espacio era eso, no había nada. Y después, nos daba a elegir entre la comodidad del bienestar o la pasión. Algo así…

LLN: – ¿Y ustedes eligieron la pasión… porque hasta Rosita es poeta, no?

T: – Sí, Rosa escribe muy bien. Muy bien. Es muy profunda mi hermana.

LLN: – Aparte de este empuje que le daba su padre, ¿era una persona severa?

T: – No sé, cuando decía que nos callásemos, nos callábamos.

LLN: – Claro, había otra concepción…

T. – El respeto, no sé… A lo último ya le decíamos Cedrón, ya no le decíamos papá. Ya adolescentes. No, yo pienso que no; nunca nos pegó. Pero nos miraba y tenía una mirada muy fuerte, como diciendo: esto, no, así no. A veces tenía el carácter fuerte, con mi vieja se peleaba un poco, a veces violentamente, esas cosas pasan en las familias… Pero era un tipo que nos quería mucho, a su manera, no era meloso. Yo sé que nos quería mucho. Con Alberto, el mayor, lo quería mucho. Pero se peleaban porque Alberto fue, de alguna manera, el que rompió el virgo, el cordón umbilical…

LLN: – Le dijo: “Quiero ser pintor”. Y ahí se pudrió todo…

T: – Él pensó: “Va a hacer rositas y pintar las paredes y otras cosas”. Pero vino con Picasso y con Van Gogh y se pudrió todo…

LLN: – Usted cuenta que su padre decía que para escuchar música clásica había que tener buenos sillones (risas). Me pareció buenísimo…

T: – Escuchaba sí, pero escuchaba a Troilo y nos dábamos cuenta que estaba mintiendo…

LLN: – ¿Tenía una formación política?

T: – Sí, era un  militante grosso, mi viejo. Del partido socialista. Estuvo en cana y todo. Claro. Cuando estábamos acá en Buenos Aires, ya en la época de Perón. Era socialista, con Palacios. Con ideales sociales interesantes. Respetaba los 17 de Octubre, un poco así, pero bueno… Mi vieja era peronista. Un hermano de mi mamá fue embajador obrero en Londres. Era carbonero. Trabajaba en la fábrica argentina de Alpargatas, un tipo al que le decíamos “El embajador”. Un tipo culto. A mí siempre me hablaba bien de la música clásica. Yo tocaba la guitarra, ya adolescente, y me hablaba bien de Segovia, de Jouvet, me tiraba para que escuchase música clásica. Y era un laburante, y era “peronio”.

LLN: – Después se fueron a Mar del Plata y ahí empezó otra etapa. ¿A qué edad se fue?

T: – A Mar del Plata me fui a los doce años. Fue muy lindo. Vivíamos en la calle Almafuerte y Jujuy. En esa época estaba el campo de deportes. Donde está la cancha, ahora. Ah!!! Era un paraíso. Tomábamos por Jujuy y cruzábamos Juan B Justo,  un par de cuadras nada más. Y adentro había un parque, no había nada. Había un palo, que saltábamos. Era enorme eso, como veinte manzanas. Había pistas para correr… (en la época de Perón se hizo eso) …pistas para hacer deportes, jabalina, tiro al blanco, pelota paleta, cancha de tenis, de todo. Y lleno de árboles. Entrabas y pasabas y hacías deportes. No tenías que inscribirte, ni nada de nada. Era una belleza. Lo digo porque no puede ser que haya pasado eso acá. Era un paraíso: el aire de Mar del Plata, fuerte, viniendo de acá, de Buenos Aires… ese viento frío. Y yo fui a la escuela 18, que está en Independencia y Formosa. La 18. Está el edificio todavía. Ahí terminé la primaria. Bah!!! Terminé… Yo estaba atrasado. Venía mal. Terminé después en la escuela 22, ahí en Camet.

En la esquina de la escuela 18, enfrente, había una fiambrería que era del gordo Rego. El pianista, ¿lo conocés? Famoso. Manuel Rego. Es uno de los músicos más grandes de la argentina.

LLN: – Y maestro de otros grandes…

T: – Sí, un musicazo! Se quedó en Mar del Plata.

LLN: – Sí, no quiso, tal vez, trascender…

T: – El viejo despachaba fiambre, ahí, en la fiambrería. Era jovencito Rego, estudiaba música y aparte cortaba fiambre. A veces estaba el viejo y yo escuchaba que él estaba tocando el piano adentro. Manuel Rego. Después lo conocí más porque iba a la escuela de canto coral, que estaba en el club Pueyrredón, de Mar del Plata. Ahí dirigía el gordo Rego. Y otro más que se llamaba Segovia, que venía de Rosario. Héctor Segovia, un organista.  Y después un francés, Pierre. De ahí tengo unos recuerdos, en el club, cuando íbamos al club Pueyrredón a cantar con el “Bala”, con Carmona, Gutiérrez. Eran todos profesionales. Un Tiribelli, el “Oso” Tiribelli. Eran los niños de la burguesía, digamos, “bien”. Tiribelli. Después Carmona fue diputado por Alfonsín, creo.

LLN: – ¿El club Pueyrredón era un club paquete?

T: – Pero claro que era un club paquete. Yo iba ahí a acompañarlos y los jueves había bailes de folklore y me invitaban a comer. Yo comía bien; después me llevaban a mi casa, en uno de esos autitos chiquititos que se abren por adelante. Me llevaban hasta Camet.

Lo veo siempre a Carmona. Y tengo un cassette, del año ’59, en el que yo los acompañaba a ellos. A mí me llamaban “Faluchito”, por Falú.

LLN: – ¿Le decían Falú por el timbre de voz?

T: – No, no. Ellos cantaban y yo acompañaba. Me querían mucho. Y yo los quería mucho a ellos también.

LLN: – ¿Había una movida, que usted recuerde, de bolichones? ¿Salían a hacer la ronda?

T: – No, no. Tocaba con un paraguayito que vivía en mi casa, yo vivía en Camet. Un paraguayito “churrinche”, con el que cantábamos a dúo. Esto a los catorce años. Él cantaba y yo lo acompañaba. Hemos cantado en las escuelas folklore, algunos tangos cantábamos. (Antes no era tango, todo tango. Hacíamos tango, un poco de folklore). Hacíamos tango y se punteaba todo, el paraguayo este.

Una noche me acuerdo que cantamos donde está el monumento al Gaucho, ahí en la avenida Juan B Justo y Champagnat. Hacíamos un variado. En la esquina misma había un ranchito, era un ranchito con piso de tierra. Era un bajo, no había nada. Y la puerta era una cortina de bolsa de papa. Con velas. Un fin de año, me acuerdo patente, punteando la guitarra: pum pum pum pum. El otro tocando el tango Don Juan, el paraguayo. Yo tenía catorce, quince años. En un momento, se abre la cortina, así, y está el alba. Había velas, el piso de tierra: ahí bailaban. Tocábamos rancheras (tararea): Tara-rai-ra-rari-ra-raira. Había otro pibe, Carlitos Argañaraz, que zapateaba. Era del barrio la Juanita. ¿Vos sabés lo que era el barrio la Juanita en esa época? No había nada.

LLN: – ¿Hacían un asado o algo así?

T: – Sí, un churrasco… Tomábamos mate, un vino, un vinito… A veces tomábamos, pero en esa época mi viejo tenía una fábrica de cerámica en la calle Falucho. Ahí empecé a estudiar en lo de Cacho Otero. Un hombre famoso en la mafia. Era un tipo turbio. El sobrino mató a un sereno; él usaba el coche de una vieja, una IKA, con el que la llevaba a pasear, y con ese coche iban a afanar. A la cuñada la llevaba a laburar a Vivoratá. La llevaba a lugares turbios y allí hacían de todo. Un mundo sórdido.

En el taller que teníamos en la calle Falucho y Funes, antes de llegar a la vía, tomábamos caña. Mi viejo tenía un taller mecánico y nosotros de cerámica. Atrás había un tal Luchovski, un judío gordo que fabricaba sillones. Un tipo bárbaro, que venía a charlar siempre con mi viejo. Tomábamos mate y tomábamos caña. Caña “Ombú”. La seca. Que parece kerosén. Una copita.

LLN: – Y ya que anda por el ´59, ¿que recuerda del ’55?

T: – Recuerdo el humo. Estaba por ahí, en Camet, cuando tiraron… Recuerdo el humo, patente, me veo yo y veo el humo tirando para el lado del mar. Estábamos a diez cuadras del mar… Ahí fue que me di cuenta del peronismo, si vos querés.

Ahí nos encontrábamos con los vecinos del barrio de la marina, que eran los zumbos de Caisamar (que cuando yo llegué no había nada, era un campo, recién se había loteado. Cuando llegamos pusieron todo eucalipto. Si te fijás ahora, todavía quedan en línea algunos eucaliptos, algunos pinos que todavía quedan en línea. Era uno al lado del otro. Todo el campo. Manzana por manzana. Una fila de eucalipto, una fila de pino. Y así, toda la manzana. Ahora sacaron un montón, pero si vas a ver, te vas a dar cuenta que están). Los vecinos eran medio reaccionarios, mala gente. Nosotros los considerábamos así. Teníamos otros ideales culturales, otra visión con respecto a la cultura y el arte, a la forma de ser, y esa gente era muy mezquina, qué sé yo. Y saltaron todos, de contento, cuando cayó Perón. Entonces, yo me dije: si estos están contentos, yo estoy triste.

LLN: – Entonces, usted es peronista por oposición…

T: – Claro, claro. A mi viejo siempre le decíamos: “Vos, cuando vendías el diario La Vanguardia, del partido socialista (se lo llevábamos nosotros escondido), está bien, te lo dejaban vender porque ustedes estaban conspirando siempre. Pero se lo llevábamos a la rica del barrio. Los ricos del barrio compraban La Vanguardia.” Le decíamos a mi viejo cuando ya éramos más veteranos. El carbonero de la esquina puso una biblioteca. Y una unidad básica. “Y vos le llevabas el diario a los ricos”.  Ahí estaba la diferencia. Por supuesto, había un chico, el Andresito, que vivía ahí y el viejo era comunista y había estado preso. Así y todo, nosotros no éramos peronistas, no éramos nada. Usufructuábamos un bienestar general pero también sufríamos con el pibe que tenía el padre preso.

A pesar de éstas historias, nosotros fuimos muy felices en la niñez. Los campeonatos Evita, por ejemplo. En Suecia, en otros lugares, están imitando esos modelos. Para los chicos era fenómeno porque hacían deportes, nos regalaban camisetas; todos los chicos de los barrios tenían una camiseta. Es una boludez pero es importante porque con la camiseta unificás, unís, hacés un equipo. Se hacía un equipo. Es importante hacer un equipo, de cualquier cosa. Te daban la pelota, la sidra. Mi viejo no quería; pasaba el cartero y preguntaba: ¿Cuántos son ustedes? Cuatro, cinco, seis. Te anotaban y después te llegaba la sidra y el pan dulce. ¡A todos! ¡A todo el pueblo! Vos podés decir: “¡Eso es populismo!” ¡Qué sé yo! Pero a todo el mundo le gusta brindar con una sidra y un pan dulce. ¡Y no había!

Nosotros vivimos esa época. Una época fabulosa. Después fuimos a Mar del Plata y también fue lindo. Estábamos en el campo y a pesar de que no había luz, que hacía frío, que llovía y que trabajábamos en la fábrica de ahí, del Monolito, y viajábamos en bicicleta con Alberto y mi viejo. Llovía e íbamos igual al laburo. No teníamos piloto ni nada, no teníamos guardabarros y el barro te llegaba hasta los codos. Yo me acuerdo ahora y digo: “¿Cómo mierda hacíamos?” Llevábamos una tortilla que hacía mi vieja y la llevábamos en un bolso, parada la llevábamos y tenía un olor el bolso, porque el aceite caía. Y un día, otro día… Todos los días comíamos tortilla. Y no nos quejábamos. Y la guita se la dábamos a mi viejo. Y los domingos íbamos a laburar al golf, a llevar palos.

LLN: – ¿De caddy?

T: – Claro, ahí, en Camet. A llevar palos. Y a veces, a la tarde también, cuando iban a practicar, a tirar. Nosotros íbamos con la bolsa ¿viste que tiran cincuenta pelotas? Bueno, nosotros teníamos que ir a buscarlas. No se sabía si te estaban apuntando a vos…

LLN: – Si estaban haciendo tiro al blanco…

T: – (Risas) Tenés que estar atento. Éramos chicos: Osvaldo y Jorge tenían nueve años.

LLN: – Ellos iban también…

T: – Cómo no. Osvaldo llevaba dos bolsas. “Ojos de lince” le decían a Osvaldo. ¡Nueve años! Un día nos peleamos con uno más grande, el Jali. Ahí, donde está el arroyo, donde está el golf, en el arroyo La Tapera, donde empiezan los acantilados… ¡Eran altísimos! Y las playas chiquitas. Parecía una cosa de Fellini. Y el Jali tenía la cara colorada, gordo, cabezón, medio pecoso, cara de irlandés, no sé. Y nosotros teníamos nueve años. Yo tenía doce. Pero pesaba veintisiete kilos a los doce años. Y le dijimos: “Bueno, vamos a pelear”. “A la yapla, vamo’ a la yapla”,  decía el pibe. “Bueno, pero nosotros vamos a pelear los dos porque somos más chicos”. Y Osvaldo, como estábamos acostumbrados al campo, a los perros garroneros, va y se le tira a los garrones, a morderle los garrones. El otro se agachaba y “Sacá de acá”, y yo le daba. (Risas) Lo hicimos mierda. El otro lo hirió para bajarlo y que yo le pegué. Lo mordía como un cusquito. Muy lindo.

LLN: – ¿Después se vino para Buenos Aires, a estudiar?

T: – No, hice la colimba allá. En la escuela de artillería. En el GADA. Soy del ‘39, la hice en el ‘60. Fueron unos de los años más tristes de mi vida, hice catorce meses en esa mierda. Me clavé.

Ahí lo acomodé a Piglia(**). Era soldado y nuestras novias iban juntas al colegio comercial Mariano Moreno. Y éramos muy amigos y cuando nos tocó la colimba yo ya era soldado viejo y mañero, entonces vi la lista y vi que a Piglia lo mandaban a Ushuaia. Como yo laburaba de asistente de un Mayor, Berón de Estrada, hice un papel donde decía: “El soldado Piglia, número tal y tal, número de sorteo tal y tal, lo pido para que se quede aquí, en la escuela de artillería, pum pum pum, firmado: Berón de Estrada”. Le puse el sello y lo firmé. (Yo le imitaba la firma). Y me escapaba siempre. El tipo se iba, me firmaba yo, y me iba a la mierda. (Risas). Y se quedó ahí, gracias a eso.

LLN: – ¿Después se fue a Buenos Aires y empezó el proyecto de Gotán?

T: – No, el proyecto nuestro empezó haciendo presentaciones, canciones… A los veinte, veintiún años. En el año ’62, con Julio Huasi. Después lo vi a Gelman e hice algunas cosas con Juan en el ’63. Empecé a preparar un disco con cosas de él…

LLN: – Que fue Madrugada

T: – Sí, Madrugada. En el ’64 salió. Lo empecé a laburar antes. Lo grabé en la (¿?). Lo hicimos en una tarde nada más.

LLN: – ¿Y cómo fue musicalizar a Juan Gelman? Era algo que no se había hecho antes. Una poesía difícil de musicalizar, ¿verdad?

T: – Mi trabajo más importante fue ese: musicalizar algunas poesías que no estaban escritas para ser cantadas. Yo tuve la habilidad de hacer eso.

Nosotros rompimos con la estructura de lo que se estaba haciendo hasta ese momento. Pero no había ninguna compañía atrás, no había una televisión atrás, ni las empresas querían que nosotros nos fuésemos para otro lado… Pero nosotros hicimos eso, rompimos las estructuras. Somos el anti-tango, si querés. A mí me gusta el tango, lo adoro, conozco todo de memoria, conozco a todos los músicos, a todas las orquestas, se dónde se equivocan, sé dónde están los hallazgos, las cosas bellas del tango… Pero nosotros hacíamos otra cosa, viniendo de ahí. Sin querer, porque empezamos a leer al revisionismo, estábamos informados, empezamos a ir al cine y ver a Bergman, a ver Antonioni, Visconti, Vittorio de Sica, el realismo italiano, empezaba el cine latinoamericano, estábamos ávidos, teníamos veinte años… Entonces, mi hermano Alberto que fue una guía para nosotros, me dijo, mirá, hay un poeta joven, Gelman (en el ‘60 había sacado un libro y no era lo que es hoy). Yo lo fui a ver y me dijo: “Acá tenés un libro mío. Si querés, hacéle música”. Era Velorio del Solo. Y yo quise hacer Madrugada, que le dio el título al disco, y me gustó el poema (cita): “Hemos abierto las ventanas para darle mil rostros”. Termina así el poema. Yo me veía abriendo las ventanas para darle mil rostros a la ciudad, ¿no? Fue como un inicio ideológico. Hice la canción, hice la música. (Tararea) Después la quise meter en el poema y no entraba. Y yo no sabía qué había que hacer sobre la letra. ¿Te das cuenta la ingenuidad? Una ingenuidad extraordinaria. Me había inspirado ese poema y me dije: “A lo mejor habrá que hacerlo así”. Si me gusta el poema y lo amo,  me sale la música que me sale. Pero ahí me inspiré y después no me entraba. Y vos viste cómo está grabado: el poema lo dice Juan de un lado y la música está en el otro. Y después me avivé. (Ojea una factura del Banco Galicia y canta) “Ga-licia, Provin-cia de Bue-nosAires, Cre-dicoop”. Y ahora te puedo hacer una canción con lo que quiera, pero mirando la letra. (Risas)

LLN: – Después usted hizo un viaje a Mendoza, con Paco Urondo y con Juan Gelman…

T: – Sí, un viaje iniciático, muy fuerte. Yo tenía veintidós años. Miguelito Praíno, veinte, y César, dieciocho. La madre de César Stroscio era tucumana y nos hizo unas empanadas. Una caja de cartón, esas acanaladas, marrón, llena de empanadas. Viajamos de noche. Atrás, en el micro, había una especie de hall-cito, y ahí charlábamos, tomábamos vino, comíamos las empanadas. Y hablábamos de la historia de Pancho Ramírez y la Delfina, la lucha de los caudillos… Toda la noche charlando, mirando la cordillera. Había una mujer, la “Pampa”, que nos llevó. Manejaba la galería de arte y fue la que organizó el viaje; me acuerdo, íbamos a subir al taxi  y estaba el marido, y la “Pampa” viene y se le sienta a Paco encima de las piernas. (Risas).

LLN: – Paco tenía fama de pícaro…

T: – Sí… Pasamos por San Juan y no nos vendían ginebra; entonces comprábamos ginebra de a vasitos hasta que llenamos la botella… Tocamos en Córdoba. Actuamos en la facultad de Arquitectura y en un teatro. El teatro estaba vacío y cuando empezamos se llenó. Pum. Todos los atorrantes se habían quedado enfrente, cuando empezó el espectáculo y se levantó la boletería, se llenó. Estaban todos enfrente, los reos.

Ahí lo conocimos a Mederos. Mederos tenía un conjunto. (Después cuando hice Gotán lo llamé. No sé si se acordará. No sé, nunca me dio bola Mederos. Yo le di una mano. A él también le di una mano. Lo hicimos tocar en Gotán con su grupo).

En el ’62 y ’63 hicimos el disco con Juan. Y montamos Gotán. Yo empecé con eso también. Ahora se dice: “No sé, tal cantante está promocionando sus propios discos”. ¡Yo empecé con eso en el ’62! Madrugada es mío. Cuerpo que me querés, es mío. Fábulas, es mío. Casi todos los discos son míos. Los produje siempre. Empezamos con Madrugada, nadie lo había hecho antes.

LLN: – ¿Qué tirada tuvo Madrugada?

T: – Quinientos discos, que vendía o me daban cuadros, recuerdo, algunos pintores. Después se los di a una marchand, y no sé qué pasó con los cuadros; pero nunca me dio la guita. Había cuadros de Prezza, de mi hermano Alberto, de Gorriarena; todos me dieron cuadros. Eso quedó ahí, no sé. La persona que se los llevó era una mujer que quería mucho, Berta Sofovich, la tía de los Sofovich.

LLN: – ¿Gotán estaba en un sótano de la calle Talcahuano, no? Fue el primer café concert que hubo en Buenos Aires.

T: – Era un café donde se podía tocar. Estaba Piazzolla, Rovira… después empezamos con el teatro. Pepe Novoa hizo una obra estreno de Tito Cossa, La ñata contra el libro. Luis Brandoni, Luppi. Estaban todos ¿te das cuenta?. Todos sin un mango. Norma Aleandro. Adriana Aizemberg. Ellas hicieron María Belén y Alejandra. Ese fue el primer café concert que se hizo.

LLN: – ¿El Taller de Garibaldi de qué época es?

T: – Fue posterior. En el ‘68 más o menos. El lugar lo montamos entre mi hermano Alberto y yo.

LLN: – ¿Y en esa época usted mantuvo esa famosa entrevista con Tuñón?

T: – Sí, porque Román (***) tenía tres años. En el ‘67 fue.

LLN: – ¿Y cómo llega usted a Tuñon? ¿Por afinidad?

T: – Sí, por afinidad y porque quería hacer canciones. No sé quién fue el que me dio el teléfono. Fui a verlo a Clarín, a su oficina. Ya no trabajaba más ahí, pero le dejaban una oficina para que él escribiera. Me hice muy amigo de Raúl. Empecé a hacer canciones con él. 

LLN: – Frisón, Frisón, el disco nuevo, ¿está realizado sobre poemas inéditos de Homero Manzi?

T: – Son diez temas inéditos de Homero y recomiendo a la gente que los escuche. Todo el mundo que lo escucha se queda encantado. No se trata de contar cosas de ahora sino que habla de la historia de un carrero, un duelo a cuchillo, una historia de amor, el frisón que portaba arena… No importan las historias sino lo que rescatas de ahí y cómo te emociona el misterio de Homero Manzi.

LLN: – Usted dijo en algún lugar, que la poesía no es un género literario sino una forma de plantarse ante la vida… ¿Eso es algo que se hace, como decía Tuñón, todos los días?

T: – Ya que hablamos de Tuñón, recién encontré una cita en el libro A la sombra de los barrios amados que dice: “El poeta es un espía de Dios”: Shakespeare. Y es eso la poesía: indagar, ver lo que no ve otra gente, sensibilizar lo que no ve esa gente, para que se sensibilice. Mostrar a alguien o a uno mismo, descubrir cosas que están en el espacio, que no todo el mundo ve pero están ahí; un momento, un instante, un color, una brisa que pasa, un gesto, un pensamiento. El misterio, como diría Manzi; como contarle el misterio, descifrar el misterio, plasmar el misterio. Manzi diría eso. Para Manzi había que estar en el misterio para entender el mundo y no se sabía cuál era el misterio. Querer representar el misterio quizá sea la poesía.

(*) Entrevista inédita realizada por el grupo La Lechuguita  No en la casa de Juan Cedrón el martes 12 de junio de 2007.  Por razones que no vienen a cuento, la revista en la que ésta nota debía publicarse nunca vio la luz.  (Nota de charloenboga).

(**) Se refiere al escritor Ricardo Piglia.

(***) Se refiere a Román Cedrón, su hijo, quién recita en el disco Cuarteto Cedrón canta a Raúl González Tuñón.

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