Enrique Estrázulas escribe sobre Alfredo Zitarrosa.

Zitarrosa, la milonga no se detiene. (*)

«El pretexto (de esta nota) fue un homenaje que artistas de ambas orillas le tributaron en la capital argentina con motivo de su última actuación en este país… pero lo escrito sirvió para confirmar, una vez más, el cariño y la admiración que nuestro gran Alfredo ha ganado a lo largo y lo ancho de América Latina. Un cariño que no cesa a pesar de largos diez años sin su voz», explicó Estrázulas.

por Enrique Estrázulas

El 28 de octubre de 1988, Alfredo Zitarrosa daba un recital en el club Oeste (de Buenos Aires). Sería la despedida del cantautor uruguayo sobre un escenario argentino. La muerte lo atraparía con la guardia baja, en su «paisito», la madrugada del 17 de enero de 1989. Quedarían sus canciones y una vida cifrada en la milonga, como memoria colectiva de una América Latina aquejada por los mismos males…
…Cualquier pibe del rock uruguayo sabe quién es Zitarrosa. Se construyó una leyenda alrededor suyo y con el tiempo su figura se agigantó en la memoria del pueblo. Es el momento en que empiezan a decirse muchas cosas sobre su personalidad que no son ciertas y otras que el tiempo se encarga de magnificar. «El Flaco se convirtió en una leyenda», sostiene Manuel Capella, integrante del círculo íntimo del cantante que solía reunirse en el bar El Lobizón, donde pasaba las tardes hablando de sus obsesiones.

En Uruguay, los discos de Zitarrosa se ubican en los rankings de ventas y no hay radio de pueblo que no incluya diariamente uno de sus temas en la programación. Es que «el Flaco» es un punto de inflexión en nuestra música.

Dignificó la tarea del cantante, que hasta ese momento tiraba la manga. Tuvo el mejor gusto y las mejores guitarras del país llamadas «Las cuerdas de oro». Inventó una manera de cantar la milonga, con ese tono grave inconfundible, rompió con la canción campera y consiguió un lenguaje más actual -como es el caso de Jaime Roos ahora. Hasta fue uno de los primeros en hacer recitales en teatros.

«Transformó definitivamente la música uruguaya», dice José «El Sabalero» Carbajal, un referente de la música popular uruguaya que le dedicó un relato en su último disco Cuentamusa. Para Pablo Estramín, uno de los cantautores con buen predicamento entre los orientales, «mi recuerdo de Zitarrosa pasa por un compromiso que asumí desde su muerte: grabar un tema de Alfredo en cada uno de mis discos. Es el mejor homenaje que le puedo hacer. A nivel oficial no es recordado, te diría que es ignorado, y por eso se hace necesario que su obra se siga difundiendo en las generaciones, porque a través de su canto defendió nuestra identidad cultural».

Doña Soledad, Adagio a mi país, Muchacha campesina, El violín de Becho, Zamba por vos, Pa’l que se va, Candombe del olvido, Milonga más triste y Qué pena, lograron sobrevivir a las prohibiciones, a la muerte de su portavoz y al olvido por la vitalidad de los textos.

«Hay una cosa que nunca se terminó de destacar de Zitarrosa, más allá de su ética y cualidades de cantor, y fue su poesía. Escribía de forma admirable. Era un creador total. Igual que los grandes poetas, Yupanqui y Violeta Parra, tuvo la virtud de retratar al hombre cotidiano y sus tribulaciones. Por eso, sus canciones son memoria viva», explica Washington Benavides, el músico al que Zitarrosa le grabó una veintena de temas, entre los que se encuentra la emblemática Defensa del cantor.
La extensa discografía de Zitarrosa, compuesta por más de 20 álbumes, rubrican las palabras de Benavides. Esa sustanciosa obra revela las más diversas facetas musicales y poéticas de un artista que respondió a la idiosincrasia y la imagen viva del Río de la Plata. También revela «a un músico comprometido y solidario con su pueblo. Con una coherencia artística y humana que dejó de lado toda gloria personal para luchar por las libertades del hombre. Es una de esas personas a la cual uno extraña», reconoce Víctor Heredia, que fue compañero de exilio del músico uruguayo.

En Montevideo, los amigos de largas noches de insomnio remueven los resortes de la memoria, y evocan al otro Zitarrosa, el de la intimidad. Los recuerdos pintan a un hombre «coherente hasta en sus contradicciones, de una sencillez increíble, con un humor muy fino, contrario a ese hombre huraño que todos conocían y absolutamente imprevisible».

«Una vez, por el ’87, se le dio por querer estudiar guitarra. Apareció muy temprano en mi casa, con un cuadernito de música. Lo convencí de que no le podía enseñar nada. Así que terminamos comiéndonos un asado», recuerda Numa Moraes, que participó de la obra póstuma Sobre pájaros y almas, editada en 1988.

Recuerdos de un grande

Eduardo Larbanois, que junto a Mario Carrero forman una dupla que lleva 18 años en el canto uruguayo, dice: «Lo conocí cuando vino a Tacuarembó en el 72 a pedirme autorización para grabar un tema mío, en una época que nadie tenía esa consideración. De ahí en más creció una admiración mutua y una amistad que cultivamos hasta que murió.

Era una persona que no se preocupaba por parecer simpático, porque tenía una profunda timidez. Tampoco, jamás, iba a permitir que se hablara mal de un colega en su ausencia, tenía un respeto enorme por todos los músicos, los viejos y los nuevos. Para nosotros fue un maestro entrañable».

La mayoría prefiere ubicar a Zitarrosa lejos del bronce. Los que lo conocieron bien se alejan del mito que fabricó su muerte. Y recuerdan al hombre solidario, al jugador de truco kamikaze, al compañero de copas, al músico que escribía canciones memorables con tres tonos, al fumador de 60 cigarrillos por día, al hincha fanático de Peñarol, al militante del Frente Amplio siempre dispuesto a tocar en cuanto acto político requiriera de su presencia, y otras tantas imágenes, que se confunden con el humo de un cigarrillo que esconde su imagen sombría, casi marrón, como el Río de La Plata.

Una voz única entre ambas orillas

Aquella voz no se parecía a ninguna otra. Tenía un color crepuscular, una profundidad extraña para entonar y colocar las palabras más simples y las más complejas. Cuando el cantor era muy joven y, paralelamente, el mejor locutor de radio en Uruguay, por su físico menudo, su aspecto aniñado y ese torrente oral, lo bautizaron como «voz de otro». Ese bautismo ocurrió en Salta, en una rueda de fogón.

Su voz era la más nítidamente oriental de cantor criollo que haya nacido en la otra orilla del río. Por eso es entrañable a los argentinos. Era como un pedazo de terrón que suscitaba admiración en las dos patrias. Más tarde fue universal dando razón al proverbio griego: «Canta como tu propio árbol, tendrás toda la tierra».

Las voces únicas suelen tener miles de imitadores. Zitarrosa no escapó a esa legión de actores que pretenden ser otra persona logrando solamente aproximaciones. Tal como su madre tierra que fue la Banda Oriental, el Perú de su debut, España y México, la República Argentina lo consideraron un hijo legítimo, el autor de las palabras cantadas que tantos pueblos querían oír, la fuerza singular que genera el talento cuando ese misterioso don, al decir de Osiris Rodríguez Castillos, explica con elocuencia un axioma: «Yo no canto por la fama».

Su seriedad, su sobriedad para vestir de oscuro y cantar a la antigua con tres o cuatro guitarras de apoyo, era recibida como tal por las multitudes. No tanto por los amigos. Siempre quiso ser mayor de lo que era y dar buenos consejos. Cuando regresó del exilio y actuó en el estadio Obras de Buenos Aires, días antes de cruzar el Plata hacia Montevideo, me dijo que tenía 50 años cuando en realidad había cumplido 47. Yo simplemente me llenaba de cariño y de cierta hilaridad paralela. Porque Alfredo, visto a cualquier distancia, parecía mucho menor que yo.

A ese aspecto aniñado le agregaba la cultura natural de los uruguayos y algo más: sabía de ciencia, de poesía, de flamenco, de las propiedades del ajo, de los misterios del color, de estilística, de metafísica, de motor a explosión, de Rilke, y de Saint John Perse, de César Vallejo, Octavio Paz, de poetas tan desconocidos como Basso Maglio y un señor Ipata que citaba sin cesar. Citaba otros varios genios anónimos que abrían interrogantes y silencios.

Alfredo Zitarrosa era tan anárquico con el dinero que casi siempre pedía el doble de lo que le ofrecían. «Porque, simplemente, no me gusta cantar». Recibido el pago, al poco tiempo, ya no tenía nada.

Invitaba a todo el mundo, le prestaba a todos los amigos y a los que no eran tales. Así era el artista: generoso y despojado. Necesitaba, para crear, la soledad absoluta. En otros momentos era un amante del aturdimiento: llenaba su casa de gente que tenía que ver y no tenía nada que ver con la música o las palabras. Le gustaban los boliches amarillos, típicos de Montevideo, «porque los boliches tienen un misterio o varios misterios», decía. Tomaba caña o whisky, pero nunca abandonaba el color amarillo…

El éxito no le fue esquivo. Tampoco el dolor, el insondable dolor de los talentos. «Hay algo que subyace en mí y que me pregunta: ¿por qué nací yo y no otro?», me solía confesar. Gozaba con el billar, el mate, los asados y, fundamentalmente, con la milonga oriental, más florida que la surera. Creo que fue el mejor cantor que dio el Plata.

La última vez que hablé con él, le sugerí que grabara una larga selección de milongas. Me respondió: «Es posible que sea lo último que haga en mi vida. Porque pronto me voy a dormir». No las grabó. Yo viajé a Roma y un amigo me llamó desde Montevideo, con la noticia final, el 17 de enero de 1989.

Un paisano argentino, de Chivilcoy, hablando de Zitarrosa y de Yupanqui, me dijo pensativo hace unos días: «De esos viejos ya no vienen más…».?

(*) Poeta, novelista, ex agregado cultural de Uruguay en Buenos Aires, actual embajador uruguayo en La Habana y autor del libro sobre Alfredo Zitarrosa, “Cantar en uruguayo”, y del reciente “Borges y Perón: entrevista secreta”.

El artículo fue publicado en La Nación de Buenos Aires el viernes 16 de mayo de 1997.

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