Romina Alberghini, nuestro homenaje.

El recuerdo de Romina a través de un compañero de La Legión Silenciosa.  

Comencé a tratar a Romina a raíz de la causa que patrocinaba contra los directivos de la Cooperativa de Electricidad “General Balcarce”. No puedo decir que fuera su amigo. Apenas estábamos conociéndonos. Con Alejandro, su hermano, es distinto: existe un vínculo más profundo y extendido en el tiempo. Esa relación, supongo, funcionó como una especie de puente y nos acercó.

Terminado el secundario, a causa de nuestros estudios, vivimos ausentes del pueblo durante muchos años. Durante ese tiempo recuerdo haber coincidido pocas veces con Romina en algún lugar.

Pasaron los años y volvimos a vernos. Fue allá por el 2005 o 2006, no recuerdo exactamente. Ella recién se había recibido de abogada y había decidido llevar adelante la causa sobre Defraudación por Administración Infiel por la indignación que le causaba la estafa que se perpetraba a los asociados de la Cooperativa. La recuerdo esa noche, en la sede local del Sindicato de Luz y Fuerza porque, a pesar de su corta edad y de tratarse de la única mujer presente, se plantó de igual a igual con personas mayores, ya fogueadas y curtidas por la experiencia de otras luchas.

La tragedia agiganta los recuerdos. Pero creo poner las cosas en su lugar cuando digo que Romina demostró compromiso, responsabilidad, consecuencia y determinación con sus convicciones y con los que nos consideramos sus compañeros de lucha. Aquella noche, creo, se inició en el largo proceso que terminará pronto con la condena de los responsables del vaciamiento de la institución.

Cada tanto, por distintos canales, llegaban noticias de la acción judicial que llevaba adelante. Había encontrado el modo de involucrarse en la realidad inmediata del pueblo. Algo que en mí caso llegó más tarde, través de La Legión Silenciosa, poniéndome a su disposición para una lucha que creo justa y en la cual nos habíamos reconocido por primera vez.

En ese marco tuve oportunidad de conversar con Romina con mayor asiduidad. Fue así que, a mediados de julio de este año, la visité en su estudio de calle 17. Traje a su memoria aquella noche, en el Sindicato, y ella rió de esa forma tan particular en que lo hacía. Me confesó que la causa contra los directivos de la Cooperativa había representado su inicio como profesional en el Derecho, que era la única causa penal que mantenía, y de su decisión de llevarla hasta el final. Me habló con bronca de la desidia del Fiscal Eduardo Amavet y su secretario, y de la impotencia que había experimentado en los pasillos de los Tribunales de Mar del Plata al sorprender conversando al juez De Marco – aquel que concediera a los imputados el fallido sobreseimiento – con el abogado defensor de Rogelio Adobbati. Me comprometí a comunicar las acciones que llevaba adelante y quedamos en mantenernos en contacto para un próximo encuentro.

Volvimos a vernos el domingo 14 de agosto. Nos cruzamos en los pasillos de la Escuela N°1. La acompañaba su hermana y conversamos un rato sobre bueyes perdidos y del tema que nos interesaba. El encuentro sería a fines de agosto…

El jueves de la semana pasada la vi por última vez. Coincidimos en el colectivo que hace el trayecto entre el pueblo y Mar del Plata. No la había visto subir. De pronto, estaba ahí, buscando su asiento en la fila anterior a la mía. En el colectivo no había nadie. Compartimos el viaje.

Fue una hora larga. Acordamos, tácitamente, no hablar del tema Cooperativa ya que nos reuniríamos próximamente con ese fin. En Mar del Plata la esperaban Alejandro, Vanesa y sus sobrinos. Al día siguiente viajarían a Buenos Aires. Estaban detrás de unos remates que organizaba un banco. Su padre, contó, era fanático de estos remates y tenía una fijación con ellos (hablaba de su padre con devoción). Reímos un rato sobre el asunto.  Le gustaba mucho Buenos Aires. Tenía amistades allá y cada vez que iba tenía que atravesarlo de punta a punta para poder cumplir con todas. Reímos otro tanto porque decía que, la última vez había tenido que combinar con una amiga que vivía en Nordelta y otra que vivía en zona Oeste… Su hermano menor estaba de viaje y la había invitado a acompañarlo. La responsabilidad, dijo, no le había permitido aceptar aunque ganas no le faltaban para irse. Mencionó que, desde que se había recibido, no había podido parar. Una cosa había llevado a la otra y los años pasaban.

– No me vendría mal un año sabático, agregó.

Hablamos de eso y mucho más. El viaje transcurrió rápidamente. Bajamos del colectivo y esperé a que le entregaran la valija. Entramos en la terminal. No había señales de Alejandro o Vanesa y le propuse acompañarla, esperarlos juntos. No quiso. Sacaría los pasajes a Buenos Aires, no tardarían en llegar. Nos despedimos.

– Entonces nos vemos la semana que viene – dije.

– Dale, la semana que viene – respondió.

Aún la veo sonreírme con esa risa que muestra todos los dientes y le arruga apenas la nariz. Se aleja por el pasillo de la terminal, va arrastrando su valija con rueditas, la cartera de cuero roja en un brazo, envuelta en su largo tapado oscuro…

Nuestro humilde homenaje a Romina Alberghini. Siempre estarás presente.

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