Dos poemas de Juan L. Ortiz. (*)

No podemos entrar Abril…

No podemos entrar, Abril, en tu dicha translúcida.

Hay una sombra, Abril,

la sombra de una inquietud,

que nos deja en la orilla, en la orilla, temblando, de tu dicha.

En la orilla quedamos, Abril, de los cielos y las aguas,

Tan pocos cielos y aguas

Que ya no son cielos y aguas

Sino pálidos y exaltados sentimientos.

En la orilla quedamos, Abril, de tu luna líquida y profunda,

de tu luna sin fin,

al lado de los sauces oscuros sobre su largo, largo escalofrío, cortado de islas negras,

y de las sombras, las sombras?, que contra las canoas palpitan y glugean…

Abril, de tu rocío, en la orilla quedamos,

de la delicada fiebre de tus noches tan alta pero tan presente,

con sus miradas, ah, con sus miradas que nos buscan.

Por qué, Abril, esta vez, vagamos, solo vagamos, en tu orilla

como niños con una ligera desesperación corriendo, corriendo, a la orilla del mar?

Por qué, Abril, quedamos en tu orilla?

No, no, la sombra de la inquietud no es tuya, no viene de ti,

aunque sabemos ya de tu ceniza que a veces tiene alas, es verdad,

de la oscura semilla que condena a tu diamante

y lo hace, por eso, casi nuestro,

casi de nuestro mismo pensamiento más puro pero ya quebrado por ahí…

Son criaturas vagas de dolor, próximas y del aire,

de un aire que ay!, no puede acariciar las colinas de la tierra

con el feliz acuerdo de las criaturas, de todas las criaturas,

las que en tu orilla, Abril,

en el límite, Abril, de tu delicia eterna

sobre aquel barranco rosa que en la tarde es diáfano,

nos tiran hacia ellas,

y nos dejan temblando, Abril, en no sabemos qué zonas de sentimiento,

pero de donde vemos el fin de tu alba, Abril, como un anillo tenue

rodeando los sueños y los ojos de los hombres,

presente en los sueños y los ojos de los hombres

igual que una caricia que llamara para el día del trigo y la gran relación…

Rosa y dorada

Rosa y dorada

la ribera.

La ribera rosa y dorada

Febrero

y ya estás

belleza última, en el cielo y en el agua,

Etérea,

pero ya estás,

vapor flotante de un sueño

que parece de flor y es de un lúcido pensamiento

que se busca

y se suspende

mientras el cielo es un ardor sensible.

Por los caminos pálidos, entre la hierba oscura,

el alma es un olvido hacia una ribera eterna.

 

(*) Poemas extraídos del suplemento cultural Ñ del diario Clarín del 16/7/2005. Los antecedían dos pequeños relatos que transcribimos a continuación.

Ortiz básico:

“Juanele” se definió “como un hombre sin biografía” lo que habla de su ascetismo y de su concepción del mundo. Fue empleado del Registro Civil pero se jubiló en 1942 y se radicó en Paraná. Desde “El agua y la noche” (1933) publicó numerosos títulos (“El aire conmovido”, “La brisa profunda”, entre otros). En 1971 publicó su primer antología “El aura del sauce” y en 1996 la Universidad del Litoral editó su obra completa. Beatriz Viterbo acaba de publicar “Gualeguay”, poema de 2649 versos.

Por qué lo elegimos:

Porque es uno de los poetas argentinos de alcance universal. Desde la soledad a orillas del Paraná procesó en clave personal, la gran poesía del siglo XX. Le cantó al vínculo entre el hombre y el misterio de la naturaleza.

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