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El cuento que Estrázulas dedicó a Zitarrosa.

El Poniente. (*)

Habíamos mirado la muerte de un violento crepúsculo punzó. Estaba anocheciendo. Palpitaba la bóveda en lo alto, silenciando su rojizo caer.

Anochecía.

Junto a los ranchos de los pescadores titilaba un boliche amarillo. El viento del noroeste envilecía los gritos de los lobos, el ruidaje del celo en la isla. Y la farola en la rompiente tiraba chorros de luz sobre imaginarios navíos. Los médanos cantaban, retrocedían con las sombras, parecían arrastrar restos de taperas.

Íbamos tristes y admirados, extrañando quién sabe qué, con la deseada noche sobre el pensamiento. Llevábamos apetito de alcohol, de tabaco, queríamos agarrar los vasos gordos y verdosos, beber la caña fuerte que traían del Chuy. Entramos embarrados y mudos.

Tenía un mostrador alto junto a la puerta de arpillera, un patrón desdentado, sin palabras, hierático.

Los dos bebíamos sin prisa, tratando de acomodar el corazón, el ánimo. Yo miraba la arpillera con la esperanza de descolgar alguna estrella, abstraído en la ilusión inútil de aquel cielo tapado.

Capagorry estaba callado, sabiéndome así, también.

A él se le cayó la vista en el horizonte invisible de la Punta del Diablo. Yo seguí absorto en el colgajo aquel, la arpillera que apenas movía el viento.

Así era: tomar caña en un raro boliche del poniente.

El silencio duró; hizo su voluntad.

-Dónde andará el flaco… -dije por cariño, sin esperar respuesta.

Supe que él también pensaba en lo mismo.

-Dónde andará… -dijo y agregó-: ¡cómo le gustaría estar con nosotros!…

-Pucha… si le gustaría.

-Si habrá tiempo -dijo él-… si habrá tiempo para ser amigos. Eso me dijo la última vez que lo vi.

-Ese flaco…

-Nunca vino al Polonio.

-No, nunca.

-Ya vendrá.

-Sí que vendrá…

-Lo vamos a traer un día.

-Sí, hermano -le dije-, estate tranquilo que vendrá.

-Qué amigo…

El viento se empeñaba en crecer. Allí. Pasando por encima de ranchos despeinados, castigando el único gesto de la desolación. Sólo el viento se oía.

El patrón estaba allí, más alto que nosotros, como sin existir, obedeciendo.

-¿Tomamos otra? -propuso Capagorry-, digo… pa’ despuntar la tristeza.

-Sí, otra.

Me acordé entonces de una mujer. Así, en ese lugar, es imposible no pensar en ellas. Se lo dije. Me escuchó usando la tabaquera y armó cigarros para los dos. Al rato, con la tercera vuelta, poblamos el boliche con palabras y toses. Muy pronto, aspirando tabaco seco, hubo más tos que palabras. Y otra vez el silencio.

-Si habrá tiempo para ser amigos… eso me dijo -repitió Capagorry-, si habrá tiempo…

Se oyó muy claro el paso de un caballo, trote que también tragó el viento.

-Dónde andará… -dije otra vez.

-Vaya a saber…

-¡Qué lindo!

-Sí… si viniera.

-Vendrá, un día va a venir.

El farol a mantilla amagó apagarse en el techo. El patrón arrimó un cajón para alcanzarlo. Le dio bomba y el suspiro volvió. Pedimos otra.

-Lugar raro esta punta…

-Y alucinante.

-Sí.

-Casi ni creo… ni creo que haya otro.

-No, no hay.

La puerta de arpillera chicoteó, se hizo un ovillo. En el boliche entró todo el celaje. Y así quedó la puerta, balanceando hilachas. Nos acercamos a mirar estrellas, con los vasos llenos. Una media luna rosada como un gajo de melón había remontado las dunas.

Sentí, como una puñalada, un recuerdo.

-Tranquilo.., hermano.

-Mirá… mirá el paisaje -me dijo-. ¿No te parece que le gustaría’?

-El paisaje, la caña, la luz de este boliche.

-Todo… es cierto.

-Dónde andará…

Extasiados en los astros, en el lejano vuelo de la arena, agotamos la vista. Volvimos al mostrador. Nos echamos adentro otras dos cañas.

-En fin… ¿vamos saliendo?

-Vamos.

La luz del farol cedía.

-Está pago -dijo el patrón.

Era lo primero que le oía decir fuera de “noches”, “día” o “tardes”: sus lacónicos saludos. Insistimos, tratamos de preguntar por qué.

-Está pago -repitió, malhumorado, seco. Había que irse.

-Vamos.

-Noches.

Me sorprendió un vaso desbordado de caña, quieto en el ángulo donde no habíamos estado. Salimos al viento.

-¿Qué pasó?…

-¿Eh?

El viento nos volaba la voz.

-¿Qué habrá pasado? -grité, casi.

-No quiso cobrar… o yo qué sé.

-¿Quién pagó todo, entonces?

-El otro… el de la punta.

-¿La caña esa? A mí me pareció…

-¡Dejate de joder!

-¿Vos la viste, también?

-Sí, la vi. Hablá de otra cosa.

Capagorry perdió el equilibrio. Por poco caemos en el mismo pozo. El susto nos borró la obsesión. No quise volver a preguntar cuando seguimos a pie, sin linterna, más callados que antes. Me distrajo un olor a lobo muerto y aproveché para olvidar.

Íbamos caminando por un trillo de oveja. Un destello del faro nos mostró la rompiente, las grandes piedras olfateando el cielo. Le saqué un rugido al océano, algo que quise que dijera y lo dijo. Capagorry aflojó el paso al ver la casa.

Estábamos de vuelta.

-Yo te dije…

-¿Qué? -pregunté molesto.

-Yo te dije que a él le gustaría…

Entramos, por fin.

El portazo que di fue involuntario, como para borrar de un golpe la intemperie. Adentro estaban todos alegres, esperándonos con el fuego encendido.

El viento aún soplaba. Pero allí no se oía. Por suerte ya no se oía más.

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