Archivo de la categoría: Poesía

Propias y Ajenas…

Transmission, Joy Division.

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Transmission.

Música y letra: Joy Division.

Listen to the silence, let it ring on
Eyes, dark gray lenses frightened of the sun
We would have a fine time living in the night
Left to blind destruction
Waiting for our sight

And we would go on as though nothing was wrong
And hide from these days we remained all alone
Staying in the same place, just staying out the time
Touching from a distance
Further all the time

Dance, dance, dance, dance, dance, to the radio
Dance, dance, dance, dance, dance, to the radio
Dance, dance, dance, dance, dance, to the radio
Dance, dance, dance, dance, dance, to the radio

Well I could call out when the going gets tough
The things that we’ve learned are no longer enough
No language, just sound, is all we need know
To synchronize love to the beat of the show
And we could dance

Dance, dance, dance, dance, dance, to the radio
Dance, dance, dance, dance, dance, to the radio
Dance, dance, dance, dance, dance, to the radio
Dance, dance, dance, dance, dance, to the radio

Transmisión.

Música y letra: Joy Division.

Escucha el silencio, déjalo resonar
Ojos, oscuras lentes grises que temen al sol
Nos lo pasaríamos bien viviendo en la noche
Abandonados a la ciega destrucción
Esperando por nuestra vista

Y continuaríamos como si no pasara nada
Y nos esconderíamos de estos días en que permanecimos solos
Quedándonos en el mismo sitio, sólo quedándonos a pasar el rato
Tocándonos desde la distancia
Cada vez más alejados

Baila, baila, baila, baila, baila con la radio
Baila, baila, baila, baila, baila con la radio
Baila, baila, baila, baila, baila con la radio
Baila, baila, baila, baila, baila con la radio

Yo podría gritar cuando las cosas se pongan difíciles
Las cosas que hemos aprendido ya no son suficientes
Ningún lenguaje, sólo sonido, es todo lo que necesitamos saber
Para sincronizar el amor con el ritmo del espectáculo
Y podríamos bailar

Baila, baila, baila, baila, baila con la radio
Baila, baila, baila, baila, baila con la radio
Baila, baila, baila, baila, baila con la radio
Baila, baila, baila, baila, baila con la radio

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Carlos Drummond De Andrade, un poema.

No te mates. 

Carlos, sosiégate, el amor

es eso que estás viendo: 

hoy besas, mañana no besas

pasado mañana es domingo

y el lunes nadie sabe

qué pasará.

Es inútil resistir

o aún suicidarse. 

No te mates, oh no te mates, 

resérvate todo para

las bodas que nadie sabe

cuando vendrán, 

si es que vendrán.

El amor, Carlos, tú telúrico,

la noche pasó en ti,

y los complejos sublimándose,

allá adentro un barullo inefable,

oraciones,

gramófonos, 

santos que se persignan,

anuncios del mejor jabón,

barullo que nadie sabe

de qué, para qué.

Mientras tanto caminas

melancólico y vertical.

Eres la palmera, eres el grito

que nadie oyó en el teatro

y todas las luces se apagan. 

El amor en la sombra, no, en la claridad,

es siempre triste, hijo mío, Carlos,

pero no digas nada a nadie,

nadie sabe ni sabrá.

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Alma de diamante.

Autor: Luis Alberto Spinetta.

Intérprete: Spinetta Jade.

Alma de diamante. 

Ven a mí

con tu dulce luz

alma de diamante

y aunque el sol

se nuble después

sos alma de diamante

cielo o piel

silencio o verdad

sos alma de diamante

por eso ven así con la humanidad

alma de diamante

Aunque tu corazón recircule

siga de paso o venga

pretenda volar con las manos

sueñe despierto o duerma…

o beba el elixir

de la eternidad

sos alma de diamante, alma de diamante

bien aquí o en el más allá

sos alma de diamante

y aunque este mismo sol se nuble después

sos alma de diamante

alma de diamante.

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La montaña.

Autor e intérprete: Luis Alberto Spinetta.

La montaña. 

Hablaré con el jardín

Hablaré con el que se fue.

Todos quieren mi montaña,

todos quieren mi montaña.

De la mitad de las sombras,

la mitad partida siempre…

Solo quedan las alturas,

solo quedan las alturas.

Trepen a los techos ya llega la aurora,

trepen a los techos ya llega la aurora…

Andaré por el corral,

donde no hay cautivos ya.

Pagarán por mi montaña

pagarán por mi montaña…

Comeré lo que comer,

dormiré y me afeitaré.

La montaña es la montaña,

la montaña es la montaña…

Trepen a los techos ya llega la aurora,

trepen a los techos ya llega la aurora.

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Dos poemas de Juan L. Ortiz. (*)

No podemos entrar Abril…

No podemos entrar, Abril, en tu dicha translúcida.

Hay una sombra, Abril,

la sombra de una inquietud,

que nos deja en la orilla, en la orilla, temblando, de tu dicha.

En la orilla quedamos, Abril, de los cielos y las aguas,

Tan pocos cielos y aguas

Que ya no son cielos y aguas

Sino pálidos y exaltados sentimientos.

En la orilla quedamos, Abril, de tu luna líquida y profunda,

de tu luna sin fin,

al lado de los sauces oscuros sobre su largo, largo escalofrío, cortado de islas negras,

y de las sombras, las sombras?, que contra las canoas palpitan y glugean…

Abril, de tu rocío, en la orilla quedamos,

de la delicada fiebre de tus noches tan alta pero tan presente,

con sus miradas, ah, con sus miradas que nos buscan.

Por qué, Abril, esta vez, vagamos, solo vagamos, en tu orilla

como niños con una ligera desesperación corriendo, corriendo, a la orilla del mar?

Por qué, Abril, quedamos en tu orilla?

No, no, la sombra de la inquietud no es tuya, no viene de ti,

aunque sabemos ya de tu ceniza que a veces tiene alas, es verdad,

de la oscura semilla que condena a tu diamante

y lo hace, por eso, casi nuestro,

casi de nuestro mismo pensamiento más puro pero ya quebrado por ahí…

Son criaturas vagas de dolor, próximas y del aire,

de un aire que ay!, no puede acariciar las colinas de la tierra

con el feliz acuerdo de las criaturas, de todas las criaturas,

las que en tu orilla, Abril,

en el límite, Abril, de tu delicia eterna

sobre aquel barranco rosa que en la tarde es diáfano,

nos tiran hacia ellas,

y nos dejan temblando, Abril, en no sabemos qué zonas de sentimiento,

pero de donde vemos el fin de tu alba, Abril, como un anillo tenue

rodeando los sueños y los ojos de los hombres,

presente en los sueños y los ojos de los hombres

igual que una caricia que llamara para el día del trigo y la gran relación…

Rosa y dorada

Rosa y dorada

la ribera.

La ribera rosa y dorada

Febrero

y ya estás

belleza última, en el cielo y en el agua,

Etérea,

pero ya estás,

vapor flotante de un sueño

que parece de flor y es de un lúcido pensamiento

que se busca

y se suspende

mientras el cielo es un ardor sensible.

Por los caminos pálidos, entre la hierba oscura,

el alma es un olvido hacia una ribera eterna.

 

(*) Poemas extraídos del suplemento cultural Ñ del diario Clarín del 16/7/2005. Los antecedían dos pequeños relatos que transcribimos a continuación.

Ortiz básico:

“Juanele” se definió “como un hombre sin biografía” lo que habla de su ascetismo y de su concepción del mundo. Fue empleado del Registro Civil pero se jubiló en 1942 y se radicó en Paraná. Desde “El agua y la noche” (1933) publicó numerosos títulos (“El aire conmovido”, “La brisa profunda”, entre otros). En 1971 publicó su primer antología “El aura del sauce” y en 1996 la Universidad del Litoral editó su obra completa. Beatriz Viterbo acaba de publicar “Gualeguay”, poema de 2649 versos.

Por qué lo elegimos:

Porque es uno de los poetas argentinos de alcance universal. Desde la soledad a orillas del Paraná procesó en clave personal, la gran poesía del siglo XX. Le cantó al vínculo entre el hombre y el misterio de la naturaleza.

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Nicolás Guillén, un poema.

Me matan si no trabajo

(Nicolás GuillénDaniel Viglietti)

Me matan si no trabajo,
y si trabajo me matan.
Siempre me matan, me matan, ay,
siempre me matan.

Ayer vi a un hombre mirando,
mirando el sol que salía.
El hombre estaba muy serio
porque el hombre no veía.
Ay, los ciegos viven sin ver
cuando sale el sol.

Ayer vi a un niño jugando
a que mataba a otro niño.
Hay niños que se parecen
a los hombres trabajando.
Ay, quién les dirá cuando crezcan
que los hombres no son niños,
que no lo son.

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Hugo Padeletti, un poema.

la forma de las cosas

No me gusta la forma
de las cosas
este año. Los peces

africanos
no brillan más. Los nuevos
no son peces. Por años

el aire se enrarece, los espacios
se oscurecen. ‘Lo malo
–dijo Alicia– es que soy

yo’. ¿Soy yo?
No soy lo mortecino
de la luz, lo encogido

que me va a ahogar. No soy el repetido
vencimiento
de lo que pienso.

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