Archivo de la categoría: Yira yira

De andar y vagabundear, lo visto y oído…

Pablo Morgante, en el Teatro Argentino.

El 2 de diciembre del 2011, en el Teatro Argentino de La Plata, en una interesante y variada muestra de artistas plásticos, apreciamos una parte de la obra de Pablo Morgante: Monumentalidades y Realidades ficcionales. El componente político de ésta última hizo que pensáramos en una interesantísima antítesis de Daniel Santoro. Monumentalidades, en cambio, nos transportó sin escalas hasta la obra del arquitecto Francisco Salamone. Las imágenes que escogimos para graficar ésta apreciación quizá no sean las adecuadas pero aún así tienen un aire, un no sé qué… ¿Mala pasada de nuestra imaginación?

Para ver más de la obra de Pablo Morgante se puede visitar su blog en http://chinomorgante.blogspot.com.ar

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A cien años del nacimiento de Juan Manuel Fangio. (*)

Hoy, 24 de junio de 2011, se cumplen 100 años del nacimiento de Juan Manuel Fangio y viajamos a la ciudad de Balcarce para festejarlo con todos aquellos que admiraron a este hombre, tanto por su trayectoria deportiva como por su don de gente. El Museo Juan Manuel Fangio se ha vestido de fiesta. En la calle se ha levantado el palco ante el cual desfilarán las principales instituciones de la comunidad y la zona. El “Flecha de Plata”, obra del genial escultor Carlos Regazzoni, espera el trámite público que formalice su paso a la eternidad. Todo parece indicar que los actores involucrados en la organización del evento han estado a la altura de las circunstancias. Hoy es un día de fiesta para los balcarceños, en particular, y los argentinos y todos aquellos hinchas del “Chueco”, en general. Humildemente, charloenboga hace llegar sus mejores deseos para este día. ¡Salud! 

(*) Esta nota fue escrita en la madrugada del 24/6/2011. Fue concebida para ser publicada ese mismo día. Por razones de fuerza mayor,  imposibilitados de cumplir nuestro deseo, la damos a conocer hoy como testimonio de nuestra admiración y respeto hacia el gran balcarceño.   

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El cuento que Estrázulas dedicó a Zitarrosa.

El Poniente. (*)

Habíamos mirado la muerte de un violento crepúsculo punzó. Estaba anocheciendo. Palpitaba la bóveda en lo alto, silenciando su rojizo caer.

Anochecía.

Junto a los ranchos de los pescadores titilaba un boliche amarillo. El viento del noroeste envilecía los gritos de los lobos, el ruidaje del celo en la isla. Y la farola en la rompiente tiraba chorros de luz sobre imaginarios navíos. Los médanos cantaban, retrocedían con las sombras, parecían arrastrar restos de taperas.

Íbamos tristes y admirados, extrañando quién sabe qué, con la deseada noche sobre el pensamiento. Llevábamos apetito de alcohol, de tabaco, queríamos agarrar los vasos gordos y verdosos, beber la caña fuerte que traían del Chuy. Entramos embarrados y mudos.

Tenía un mostrador alto junto a la puerta de arpillera, un patrón desdentado, sin palabras, hierático.

Los dos bebíamos sin prisa, tratando de acomodar el corazón, el ánimo. Yo miraba la arpillera con la esperanza de descolgar alguna estrella, abstraído en la ilusión inútil de aquel cielo tapado.

Capagorry estaba callado, sabiéndome así, también.

A él se le cayó la vista en el horizonte invisible de la Punta del Diablo. Yo seguí absorto en el colgajo aquel, la arpillera que apenas movía el viento.

Así era: tomar caña en un raro boliche del poniente.

El silencio duró; hizo su voluntad.

-Dónde andará el flaco… -dije por cariño, sin esperar respuesta.

Supe que él también pensaba en lo mismo.

-Dónde andará… -dijo y agregó-: ¡cómo le gustaría estar con nosotros!…

-Pucha… si le gustaría.

-Si habrá tiempo -dijo él-… si habrá tiempo para ser amigos. Eso me dijo la última vez que lo vi.

-Ese flaco…

-Nunca vino al Polonio.

-No, nunca.

-Ya vendrá.

-Sí que vendrá…

-Lo vamos a traer un día.

-Sí, hermano -le dije-, estate tranquilo que vendrá.

-Qué amigo…

El viento se empeñaba en crecer. Allí. Pasando por encima de ranchos despeinados, castigando el único gesto de la desolación. Sólo el viento se oía.

El patrón estaba allí, más alto que nosotros, como sin existir, obedeciendo.

-¿Tomamos otra? -propuso Capagorry-, digo… pa’ despuntar la tristeza.

-Sí, otra.

Me acordé entonces de una mujer. Así, en ese lugar, es imposible no pensar en ellas. Se lo dije. Me escuchó usando la tabaquera y armó cigarros para los dos. Al rato, con la tercera vuelta, poblamos el boliche con palabras y toses. Muy pronto, aspirando tabaco seco, hubo más tos que palabras. Y otra vez el silencio.

-Si habrá tiempo para ser amigos… eso me dijo -repitió Capagorry-, si habrá tiempo…

Se oyó muy claro el paso de un caballo, trote que también tragó el viento.

-Dónde andará… -dije otra vez.

-Vaya a saber…

-¡Qué lindo!

-Sí… si viniera.

-Vendrá, un día va a venir.

El farol a mantilla amagó apagarse en el techo. El patrón arrimó un cajón para alcanzarlo. Le dio bomba y el suspiro volvió. Pedimos otra.

-Lugar raro esta punta…

-Y alucinante.

-Sí.

-Casi ni creo… ni creo que haya otro.

-No, no hay.

La puerta de arpillera chicoteó, se hizo un ovillo. En el boliche entró todo el celaje. Y así quedó la puerta, balanceando hilachas. Nos acercamos a mirar estrellas, con los vasos llenos. Una media luna rosada como un gajo de melón había remontado las dunas.

Sentí, como una puñalada, un recuerdo.

-Tranquilo.., hermano.

-Mirá… mirá el paisaje -me dijo-. ¿No te parece que le gustaría’?

-El paisaje, la caña, la luz de este boliche.

-Todo… es cierto.

-Dónde andará…

Extasiados en los astros, en el lejano vuelo de la arena, agotamos la vista. Volvimos al mostrador. Nos echamos adentro otras dos cañas.

-En fin… ¿vamos saliendo?

-Vamos.

La luz del farol cedía.

-Está pago -dijo el patrón.

Era lo primero que le oía decir fuera de “noches”, “día” o “tardes”: sus lacónicos saludos. Insistimos, tratamos de preguntar por qué.

-Está pago -repitió, malhumorado, seco. Había que irse.

-Vamos.

-Noches.

Me sorprendió un vaso desbordado de caña, quieto en el ángulo donde no habíamos estado. Salimos al viento.

-¿Qué pasó?…

-¿Eh?

El viento nos volaba la voz.

-¿Qué habrá pasado? -grité, casi.

-No quiso cobrar… o yo qué sé.

-¿Quién pagó todo, entonces?

-El otro… el de la punta.

-¿La caña esa? A mí me pareció…

-¡Dejate de joder!

-¿Vos la viste, también?

-Sí, la vi. Hablá de otra cosa.

Capagorry perdió el equilibrio. Por poco caemos en el mismo pozo. El susto nos borró la obsesión. No quise volver a preguntar cuando seguimos a pie, sin linterna, más callados que antes. Me distrajo un olor a lobo muerto y aproveché para olvidar.

Íbamos caminando por un trillo de oveja. Un destello del faro nos mostró la rompiente, las grandes piedras olfateando el cielo. Le saqué un rugido al océano, algo que quise que dijera y lo dijo. Capagorry aflojó el paso al ver la casa.

Estábamos de vuelta.

-Yo te dije…

-¿Qué? -pregunté molesto.

-Yo te dije que a él le gustaría…

Entramos, por fin.

El portazo que di fue involuntario, como para borrar de un golpe la intemperie. Adentro estaban todos alegres, esperándonos con el fuego encendido.

El viento aún soplaba. Pero allí no se oía. Por suerte ya no se oía más.

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24 de marzo, Plaza de Mayo.

El 24 de marzo, Día Nacional por la Verdad y la Justicia, fuimos a Plaza de Mayo. Una verdadera multitud se dio cita para conmemorar un nuevo aniversario del sangriento Golpe de Estado de 1976.  Si no lo viste porque la cobertura de Plácido Domingo copó las pantallas aquí van algunas imágenes.

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Enrique Estráluzas.

Todos los caminos conducen a Zitarrosa.

Es muy probable que el Barrio Sur – el barrio del cementerio – fuera un destino obligado desde aquel día en que escuché la canción homónima en los discos Inéditos de Zitarrosa que Página 12 rescató hace años. Debía ir a Montevideo y contemplar con mis propios ojos las casonas de vivos colores, cogotear hacia el interior de los conventillos, tropezar en sus calles gastadas o con las raíces de los plátanos que asoman en las veredas, el río allá abajo, los altos paredones del cementerio a un costado… Debía ver el escenario que había inspirado al poeta y que Don Alfredo había sabido interpretar tan bellamente.

Oyente de Zitarrosa por herencia paterna, escucho sus discos desde chico. Sin embargo, buscando para esta nota entre canciones y poemas los versos de “Barrio Sur” caigo en la cuenta de la inmerecida desatención que he prodigado al sinnúmero de artistas que rodearon al cantor-poeta. El Zitarrosa-faro opaca las estrellas. En este caso, al autor de “Barrio Sur“. Que no es otro que Enrique Estrázulas, artista uruguayo con cuya obra he tropezado en más de una  oportunidad sin decidirme nunca a tomarla por las astas. En particular y, sobre todo, su novela “Pepe Corvina“. Como esas cosas que se miran sin ver, y de las cuales nos avergonzamos cuando alguien nos pone en evidencia, habré leído cientos de veces su nombre al pie de la hermosísima “Explicación de mi amor“. Un verdadero temazo, de esos que ponen la piel de gallina. Con posterioridad llegaron, con los Inéditos, los versos de “Barrio Sur“. Lo que desconocía por completo – y ya van… – es que don Alfredo interpretara una canción llamada, justamente,  “Pepe Corvina” (versión libre de los versos de Estrázulas). A raíz de éstas revelaciones -como tortazos- compré la novela que siempre me chistó desde los anaqueles y me dispuse a leerla. Recomiendo su lectura y, como curiosidad para  los fanáticos de Zitarrosa, transcribo a continuación la nota que el autor introdujo antes del comienzo. Es breve:

“No hace mucho tiempo escribí unas cuartetas sobre un pescador imaginario y real. Las musicalizó Numa (Moraes) sin suceso aparente. El último invierno (1973) transformé ese tema en un relato y más tarde – adjuntándole la metáfora de un cuento édito y primerizo – hice una novela, una elegía de mediano aliento.

La escribí en dos meses, vertiginosamente, lleno de dolor y de alegría, enterrado en una neurosis que tuvieron que soportar otros. A ellos tal vez les deba el mérito mayor de haber concretado un deseo ajeno, propio y perturbador. No sé. Nunca se saben estas cosas. No hay indicios de que un fósforo quemara estos papeles.

Ahora están publicados.

Así parece. 

E.E.” 

Alfredo grabó “Pepe Corvina” en el año 1974, en un disco que, al parecer, se llamó Zitarrosa ’74. El caso de “Barrio Sur es anterior – 1970 – y el disco se llamaba Milonga Madre. Por último, “Explicación de mi amor” es del año 1979 y salió en el disco Adiós Madrid.

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Enrique Estrázulas escribe sobre Alfredo Zitarrosa.

Zitarrosa, la milonga no se detiene. (*)

«El pretexto (de esta nota) fue un homenaje que artistas de ambas orillas le tributaron en la capital argentina con motivo de su última actuación en este país… pero lo escrito sirvió para confirmar, una vez más, el cariño y la admiración que nuestro gran Alfredo ha ganado a lo largo y lo ancho de América Latina. Un cariño que no cesa a pesar de largos diez años sin su voz», explicó Estrázulas.

por Enrique Estrázulas

El 28 de octubre de 1988, Alfredo Zitarrosa daba un recital en el club Oeste (de Buenos Aires). Sería la despedida del cantautor uruguayo sobre un escenario argentino. La muerte lo atraparía con la guardia baja, en su «paisito», la madrugada del 17 de enero de 1989. Quedarían sus canciones y una vida cifrada en la milonga, como memoria colectiva de una América Latina aquejada por los mismos males…
…Cualquier pibe del rock uruguayo sabe quién es Zitarrosa. Se construyó una leyenda alrededor suyo y con el tiempo su figura se agigantó en la memoria del pueblo. Es el momento en que empiezan a decirse muchas cosas sobre su personalidad que no son ciertas y otras que el tiempo se encarga de magnificar. «El Flaco se convirtió en una leyenda», sostiene Manuel Capella, integrante del círculo íntimo del cantante que solía reunirse en el bar El Lobizón, donde pasaba las tardes hablando de sus obsesiones.

En Uruguay, los discos de Zitarrosa se ubican en los rankings de ventas y no hay radio de pueblo que no incluya diariamente uno de sus temas en la programación. Es que «el Flaco» es un punto de inflexión en nuestra música.

Dignificó la tarea del cantante, que hasta ese momento tiraba la manga. Tuvo el mejor gusto y las mejores guitarras del país llamadas «Las cuerdas de oro». Inventó una manera de cantar la milonga, con ese tono grave inconfundible, rompió con la canción campera y consiguió un lenguaje más actual -como es el caso de Jaime Roos ahora. Hasta fue uno de los primeros en hacer recitales en teatros.

«Transformó definitivamente la música uruguaya», dice José «El Sabalero» Carbajal, un referente de la música popular uruguaya que le dedicó un relato en su último disco Cuentamusa. Para Pablo Estramín, uno de los cantautores con buen predicamento entre los orientales, «mi recuerdo de Zitarrosa pasa por un compromiso que asumí desde su muerte: grabar un tema de Alfredo en cada uno de mis discos. Es el mejor homenaje que le puedo hacer. A nivel oficial no es recordado, te diría que es ignorado, y por eso se hace necesario que su obra se siga difundiendo en las generaciones, porque a través de su canto defendió nuestra identidad cultural».

Doña Soledad, Adagio a mi país, Muchacha campesina, El violín de Becho, Zamba por vos, Pa’l que se va, Candombe del olvido, Milonga más triste y Qué pena, lograron sobrevivir a las prohibiciones, a la muerte de su portavoz y al olvido por la vitalidad de los textos.

«Hay una cosa que nunca se terminó de destacar de Zitarrosa, más allá de su ética y cualidades de cantor, y fue su poesía. Escribía de forma admirable. Era un creador total. Igual que los grandes poetas, Yupanqui y Violeta Parra, tuvo la virtud de retratar al hombre cotidiano y sus tribulaciones. Por eso, sus canciones son memoria viva», explica Washington Benavides, el músico al que Zitarrosa le grabó una veintena de temas, entre los que se encuentra la emblemática Defensa del cantor.
La extensa discografía de Zitarrosa, compuesta por más de 20 álbumes, rubrican las palabras de Benavides. Esa sustanciosa obra revela las más diversas facetas musicales y poéticas de un artista que respondió a la idiosincrasia y la imagen viva del Río de la Plata. También revela «a un músico comprometido y solidario con su pueblo. Con una coherencia artística y humana que dejó de lado toda gloria personal para luchar por las libertades del hombre. Es una de esas personas a la cual uno extraña», reconoce Víctor Heredia, que fue compañero de exilio del músico uruguayo.

En Montevideo, los amigos de largas noches de insomnio remueven los resortes de la memoria, y evocan al otro Zitarrosa, el de la intimidad. Los recuerdos pintan a un hombre «coherente hasta en sus contradicciones, de una sencillez increíble, con un humor muy fino, contrario a ese hombre huraño que todos conocían y absolutamente imprevisible».

«Una vez, por el ’87, se le dio por querer estudiar guitarra. Apareció muy temprano en mi casa, con un cuadernito de música. Lo convencí de que no le podía enseñar nada. Así que terminamos comiéndonos un asado», recuerda Numa Moraes, que participó de la obra póstuma Sobre pájaros y almas, editada en 1988.

Recuerdos de un grande

Eduardo Larbanois, que junto a Mario Carrero forman una dupla que lleva 18 años en el canto uruguayo, dice: «Lo conocí cuando vino a Tacuarembó en el 72 a pedirme autorización para grabar un tema mío, en una época que nadie tenía esa consideración. De ahí en más creció una admiración mutua y una amistad que cultivamos hasta que murió.

Era una persona que no se preocupaba por parecer simpático, porque tenía una profunda timidez. Tampoco, jamás, iba a permitir que se hablara mal de un colega en su ausencia, tenía un respeto enorme por todos los músicos, los viejos y los nuevos. Para nosotros fue un maestro entrañable».

La mayoría prefiere ubicar a Zitarrosa lejos del bronce. Los que lo conocieron bien se alejan del mito que fabricó su muerte. Y recuerdan al hombre solidario, al jugador de truco kamikaze, al compañero de copas, al músico que escribía canciones memorables con tres tonos, al fumador de 60 cigarrillos por día, al hincha fanático de Peñarol, al militante del Frente Amplio siempre dispuesto a tocar en cuanto acto político requiriera de su presencia, y otras tantas imágenes, que se confunden con el humo de un cigarrillo que esconde su imagen sombría, casi marrón, como el Río de La Plata.

Una voz única entre ambas orillas

Aquella voz no se parecía a ninguna otra. Tenía un color crepuscular, una profundidad extraña para entonar y colocar las palabras más simples y las más complejas. Cuando el cantor era muy joven y, paralelamente, el mejor locutor de radio en Uruguay, por su físico menudo, su aspecto aniñado y ese torrente oral, lo bautizaron como «voz de otro». Ese bautismo ocurrió en Salta, en una rueda de fogón.

Su voz era la más nítidamente oriental de cantor criollo que haya nacido en la otra orilla del río. Por eso es entrañable a los argentinos. Era como un pedazo de terrón que suscitaba admiración en las dos patrias. Más tarde fue universal dando razón al proverbio griego: «Canta como tu propio árbol, tendrás toda la tierra».

Las voces únicas suelen tener miles de imitadores. Zitarrosa no escapó a esa legión de actores que pretenden ser otra persona logrando solamente aproximaciones. Tal como su madre tierra que fue la Banda Oriental, el Perú de su debut, España y México, la República Argentina lo consideraron un hijo legítimo, el autor de las palabras cantadas que tantos pueblos querían oír, la fuerza singular que genera el talento cuando ese misterioso don, al decir de Osiris Rodríguez Castillos, explica con elocuencia un axioma: «Yo no canto por la fama».

Su seriedad, su sobriedad para vestir de oscuro y cantar a la antigua con tres o cuatro guitarras de apoyo, era recibida como tal por las multitudes. No tanto por los amigos. Siempre quiso ser mayor de lo que era y dar buenos consejos. Cuando regresó del exilio y actuó en el estadio Obras de Buenos Aires, días antes de cruzar el Plata hacia Montevideo, me dijo que tenía 50 años cuando en realidad había cumplido 47. Yo simplemente me llenaba de cariño y de cierta hilaridad paralela. Porque Alfredo, visto a cualquier distancia, parecía mucho menor que yo.

A ese aspecto aniñado le agregaba la cultura natural de los uruguayos y algo más: sabía de ciencia, de poesía, de flamenco, de las propiedades del ajo, de los misterios del color, de estilística, de metafísica, de motor a explosión, de Rilke, y de Saint John Perse, de César Vallejo, Octavio Paz, de poetas tan desconocidos como Basso Maglio y un señor Ipata que citaba sin cesar. Citaba otros varios genios anónimos que abrían interrogantes y silencios.

Alfredo Zitarrosa era tan anárquico con el dinero que casi siempre pedía el doble de lo que le ofrecían. «Porque, simplemente, no me gusta cantar». Recibido el pago, al poco tiempo, ya no tenía nada.

Invitaba a todo el mundo, le prestaba a todos los amigos y a los que no eran tales. Así era el artista: generoso y despojado. Necesitaba, para crear, la soledad absoluta. En otros momentos era un amante del aturdimiento: llenaba su casa de gente que tenía que ver y no tenía nada que ver con la música o las palabras. Le gustaban los boliches amarillos, típicos de Montevideo, «porque los boliches tienen un misterio o varios misterios», decía. Tomaba caña o whisky, pero nunca abandonaba el color amarillo…

El éxito no le fue esquivo. Tampoco el dolor, el insondable dolor de los talentos. «Hay algo que subyace en mí y que me pregunta: ¿por qué nací yo y no otro?», me solía confesar. Gozaba con el billar, el mate, los asados y, fundamentalmente, con la milonga oriental, más florida que la surera. Creo que fue el mejor cantor que dio el Plata.

La última vez que hablé con él, le sugerí que grabara una larga selección de milongas. Me respondió: «Es posible que sea lo último que haga en mi vida. Porque pronto me voy a dormir». No las grabó. Yo viajé a Roma y un amigo me llamó desde Montevideo, con la noticia final, el 17 de enero de 1989.

Un paisano argentino, de Chivilcoy, hablando de Zitarrosa y de Yupanqui, me dijo pensativo hace unos días: «De esos viejos ya no vienen más…».?

(*) Poeta, novelista, ex agregado cultural de Uruguay en Buenos Aires, actual embajador uruguayo en La Habana y autor del libro sobre Alfredo Zitarrosa, “Cantar en uruguayo”, y del reciente “Borges y Perón: entrevista secreta”.

El artículo fue publicado en La Nación de Buenos Aires el viernes 16 de mayo de 1997.

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Charlo, no Ciarlo.

Quedó claro el día del bautismo: Charlo, no Ciarlo. Porque se pronunciaban igual había que ser claro. Al menos, don Alfredo lo pronunciaba igual en aquel recital incluido en el disco azul. Me refiero a los discos inéditos de Alfredo Zitarrosa que el diario Página 12 sacó a la venta años atrás y al músico y compositor uruguayo Gastón Ciarlo (a) Dino. En esa colección escuché por primera vez de Ciarlo y su hermosa ‘Milonga de pelo largo’. Con el tiempo tuve oportunidad de ver y escuchar a este músico en vivo. Fue en ocasión del cierre de campaña del Frente Amplio, en el Parque Rodó de Montevideo. Esa tarde habló Pepe Mujica.  En fin, aquí les ofrezco estas margaritas que están marchitas… En la versión del más grande, por supuesto.

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